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En respuesta al editorial del 25 de febrero de 2022, titulado “No más tapabocas, pero continúa la cautela”.
Es claro que casi todos queremos que la pandemia se acabe, pero, como debería ser evidente, no todo lo que deseamos se hace realidad. Que nos hayamos cansado del distanciamiento social o de ponernos un tapabocas fuera de casa no hará que el virus deje de existir. Si bien, como señala el editorial, Colombia no es el único país que ha decidido comenzar a eliminar el uso obligatorio del tapabocas, el hecho de que varios gobiernos del mundo lo hagan no es razón para creer que la medida es acertada o que la pandemia, como todos quisieran creer, ya se va a terminar.
Hay datos preocupantes que debemos tener en cuenta:
1. A pesar de que la mayoría de la población esté vacunada, puede haber nuevas olas. Corea del Sur, donde el 86 % de las personas han sido vacunadas y el 63 % recibió su dosis de refuerzo, está en su peor momento desde que comenzó la pandemia. El 27 de marzo se registraron 318.000 nuevos casos. Esto es alarmante por dos razones: a) la tasa de vacunación es más alta que la de Colombia y b) hasta enero de este año el país nunca había reportado más de 7.000 casos diarios.
2. El COVID-19 no solo sigue contagiando a muchos, sino que también es causa de bastantes muertes. El 25 de febrero murieron 9.427 personas a escala global, entre ellas 2.299 en Estados Unidos, donde, al igual que en Colombia, el 65 % de la población está completamente vacunada. Esta cifra es preocupante porque muestra que la situación no ha cambiado drásticamente: en su peor momento, enero de 2021, EE. UU. reportaba 4.000 muertes diarias.
3. Aunque sea cierto que la mayoría de personas que se contagian no mueren (lo cual no implica que no debemos preocuparnos por aquellas que sí), hay otros riesgos. Según un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Míchigan, el riesgo de contraer covid prolongado (o long covid, una enfermedad de la que no se habla mucho en Colombia) es de más del 40 % incluso si no se estuvo hospitalizado. Los síntomas de esta enfermedad incluyen fatiga excesiva, dolor en el pecho, dificultad para respirar, dolor en las articulaciones y problemas para concentrarse o recordar cosas, entre otros. Tenemos razones para pensar, entonces, que la infección no es, como algunos sostienen, igual a un resfriado y que sí puede dejar secuelas a largo plazo que impactan nuestra vida significativamente.
Si se considera esto, es claro que, en contra del editorial, no hay motivo para celebrar. Aunque la nueva medida del Gobierno probablemente no cause un aumento directo en los casos, puesto que un gran porcentaje de la población no usa su tapabocas al aire libre desde hace mucho y la transmisión del virus al aire libre no es muy alta, sí puede tener una consecuencia muy peligrosa: la gente se sentirá cada vez más segura. El mensaje del Gobierno es que estamos, por fin, obteniendo aquello que tanto queremos: que la pandemia se acabe. Sin embargo, esto es falso y nos pone en riesgo: cuanto más seguros nos sintamos, menos nos cuidaremos. Lo mejor, entonces, sería dejar las celebraciones para luego y seguir actuando como si estuviéramos en medio de una pandemia porque, aunque no lo queramos, esa es nuestra realidad.
* Fuentes de los datos mencionados:
https://sp.yna.co.kr/index
https://www.nytimes.com/interactive/2021/us/covid-cases.html
https://www.medrxiv.org/content/10.1101/2021.11.15.21266377v1
https://www.nhs.uk/conditions/coronavirus-covid-19/long-term-effects-of-coronavirus-long-covid/