Publicidad

Potencia de la vida guerrera

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

En respuesta al editorial del 16 de julio de 2023, titulado “De «pagar por no matar» a ofrecer oportunidades”.

Las mujeres del país potencia mundial de la vida creímos, con tonta ingenuidad, que en el gobierno del cambio nuestra condición femenina alcanzaría un lugar de dignidad. Gozaríamos de un puesto en el diálogo de igual a igual. Otra promesa pisoteada. A los guerreros que alteran las reglas de juego con su masculinidad tóxica se les promete dinero para apaciguarlos. Para ellos, todo. En contraste triste e indignante, para las mujeres que viven en esos mismos círculos de violencia y pobreza, a sus novias, a sus hermanas, a sus amigas: nada. No existen. No importan. No hacen ruido con ningún arma. Esas jóvenes están ahí como tierra muda y abusada; su silencio es cómodo. Las mujeres somos iguales a ellos, pero no tanto. Nos falta la testosterona de la guerra para que nos den silla en el ágora.

Afirma el pastor de nuestro rebaño que somos la potencia mundial de la vida y las ovejas sumisas balamos de felicidad con su ensalmo. ¿Cómo no evocar Rebelión en la granja de Orwell? En su alegoría política, el escritor británico describe el cambio paulatino de un sistema que inició como un sueño profético de libertad e igualdad y terminó siendo un régimen totalitario donde el cerdo Napoleón y sus áulicos cercanos (la cofradía de aduladores y oportunistas) gozaban del monopolio de los privilegios, en nombre del pueblo sufrido y trabajador. Poco a poco se van perfilando las similitudes entre la ficción y nuestra vida nacional. La promesa del cambio era luminosa y seductora. Varios sucumbimos a su encanto. Parecía que ahora sí nos liberaríamos de las componendas, de las venias soterradas a todos los tráficos ilegales, de las desigualdades centenarias. Ahora vemos que los pactos con los guerreros de la droga y las violencias de todo pelambre dizque son el camino para alcanzar el sueño. Esa realidad se parece a la novela de Orwell. Allí, el líder de la granja pisa las líneas rojas que había jurado nunca cruzar: negocia con los humanos (esos mismos con quienes había prometido no volver a tener tratos jamás) para afianzar su poder. Se les hace saber a las ovejas que ese es un mal necesario, para que en un futuro no muy lejano todos vivan mejor. La paz total. Cualquier cosa que se proponga con el adjetivo “total” debería ponernos los pelos de punta. ¿No fue suficiente la claridad que hizo al respecto Hannah Arendt?

Quizás el único cambio que veremos será el de las caras de los privilegiados que se sientan a gozar del festín, en una mesa servida por los pobres y las mujeres de siempre. Antes se saciaban los orejones de apellidos virreinales y ahora serán los cuarterones disfrazados de progresistas. Me temo que terminaremos igual que antes, como decía también Orwell: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”. El tirano le torció el cuello al discurso para que no pareciera que lo único que le interesó siempre era detentar un poder sabroso y total.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido