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Réquiem por el servicio diplomático colombiano

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En respuesta al editorial del 12 de julio de 2023, titulado “Ninguna dictadura se debe celebrar”.

El objetivo del presidente Petro no es convertir a Colombia en un referente positivo en diplomacia regional.

Desde el incidente del ministro Álvaro Leyva, quien confesó que si fuera indígena “ya habría quemado el país”, hemos asistido atónitos a los nutridos y frecuentes actos de involución diplomática que protagonizan los representantes de nuestra nación en el exterior. Los embajadores advenedizos, díscolos, impertinentes y activistas están descuartizando nuestro servicio diplomático, pisoteando tratados internacionales, vitoreando a dictadores, interviniendo en la política de los países y respaldando con sus acciones inconcebibles a gobiernos en litigio con nuestra patria. En solo 11 meses los representantes de nuestra nación nombrados en países como México, Venezuela y Nicaragua, por citar algunos, han evidenciado la crisis que se cierne sobre la otrora prestigiosa y respetada Cancillería colombiana.

¿Pero cómo hemos llegado a semejante escenario tan deplorable y caótico? ¿Por qué el prestigioso servicio diplomático atraviesa hoy la peor crisis de su historia? ¿Por qué razón competentes y experimentados funcionarios de carrera son reemplazados por incompetentes personajes? Tendríamos que comenzar diciendo que los niveles de politización e irrespeto que históricamente los gobiernos de turno han aplicado a esa institución y sus funcionarios de carrera hoy han sido rebasados de lejos por este Gobierno. A la Cancillería colombiana la convirtieron en la despensa preferida para el pago de deudas de campañas políticas y otras tantas. La representación exterior de nuestro país, en esa lógica, queda en manos de quien posea una letra de cambio, sin importar sus cualidades, formación, capacidad e idoneidad. En esta debacle ni siquiera se constituye impedimento ético, moral o legal encontrarse sub judice.

La anarquía en el discurso de los embajadores advenedizos quizás evidencia la inexistencia de una política exterior colombiana, la parcelación de la Cancillería o el ausente liderazgo en el servicio exterior colombiano. Como en la feria de un pueblo, cada embajador advenedizo grita a voz en cuello, alaba, venera o exalta a su dictador predilecto. Se saben dueños absolutos e inamovibles de su feudo, diseñan e implementan su propia política exterior ante la mirada atónita de la comunidad internacional frente a la violación de tratados internacionales; embajadores inmiscuyéndose en los asuntos internos de un Estado y participando en política. Mientras los colombianos nos encontrábamos expectantes ante el desarrollo del litigio con Nicaragua, León Fredy Muñoz, nuestro embajador en ese país, participaba en marchas de apoyo al Gobierno nicaragüense que pretendía nuevamente cercenar buena parte de nuestra patria.

Difícil entender si se presenta anarquía en la política exterior de nuestro país o si la política exterior de esta administración es en sí misma la anarquía.

* Mayor general retirado.

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