Tramitar diferencias es insuficiente

Antieditorial
25 de junio de 2018 – 01:10 a. m.

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Por Iván Montenegro

Es necesario concertar el futuro, reconocer la impremeditación y la verdad insuficiente. 

El trámite de las diferencias, como lo caracteriza El Espectador, tiene una connotación de rutina, y eso no es suficiente en esta crucial coyuntura en que se requiere esperar lograr lo imposible, como lo sugiere Nelson Mandela. A ello pueden contribuir tres asuntos: la apropiación compartida de la imagen de futuro deseado para nuestra sociedad, la elevada certeza de que una de las explicaciones de la reciente violencia colombiana –desde hace medio siglo–  es un resultado no planeado previamente de manera voluntaria, sino algo impremeditado fruto de contradicciones estructurales de larga duración en y entre los actores de los niveles nacional, regional y local; y la develación de la verdad sobre la barbarie de la guerra, teniendo siempre presente el inmenso dolor de las víctimas.

Desde los años 60, nuestros ejercicios de planeación del desarrollo han tenido un horizonte de corto plazo, salvo el ejercicio realizado en 2005-2019, que no han permitido la concertación de una visión de país, como sí lo han hecho tantos países desarrollados y de reciente industrialización. En esta oportunidad un ejercicio de tal naturaleza se favorece por la concertación de la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible, en buena medida liderada por Colombia, y concertada entre 193 países alarmados por la amenaza real del cambio climático, que contiene 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible y 169 metas; ese es el marco político global que facilita un ejercicio de prospectiva estratégica a nivel nacional; compartir una visión de país es una semilla poderosa que contribuye a afirmar el diálogo entre los adversarios políticos, a tiempo que compartimos la voluntad global de salvar la civilización. No hay tela suficiente para cortar el renovado traje de Colombia, es necesario, además, repensar, con base en el diálogo de saberes, el sujeto del traje a la luz de nuestros sueños y amenazas.

Bien haría, en el afianzamiento del diálogo nacional, la conciencia de que la violencia en el último medio siglo ha sido un resultado no planeado, una dinámica impremeditada, efecto de grandes contradicciones entre actores en todos los niveles y en asuntos como la tierra, la actividad productiva y la irrupción del narcotráfico, que ha generado una vorágine incontrolable desembocando en una barbarie que ha pisoteado nuestra dignidad como pueblo. Dicha conciencia debe aparejarse con la justicia transicional que mantenga foco en las víctimas: verdad, reparación efectiva y no repetición; y con la justicia ordinaria.

La develación ética de la verdad con foco en las víctimas y su descomunal sufrimiento, sus heroicos actos de reconciliación y perdón, seguramente contribuirán a atemperar la percepción tecnocrática y política facilitando un sabio acuerdo sobre las prioridades temporales y espaciales para afrontar los problemas estructurales que nos han aquejado, y a la sanación que todos los colombianos nos merecemos. A ello contribuye la norma que reza que el contenido de las declaraciones ante la Comisión de la Verdad no constituyen material probatorio para la Jurisdicción Especial para la Paz. Atisbar un futuro común entre nosotros y en la diferencia, cierto alivio por la conciencia de que, en buena medida, hemos sido víctimas del torbellino de la violencia, y que damos un paso hacia la libertad con la verdad, son aspectos clave para la reconciliación que podrían aportar al logro de lo imposible.

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