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Nuestra Constitución Política nos dice con claridad que “la soberanía reside exclusivamente en el pueblo, del cual emana el poder público”. Artículo que reiteradamente citó Jaime Garzón en varios escenarios y claustros, donde convergen los recuerdos de aquellos que alguna vez fueron estudiantes, jóvenes con sueños de un país mejor en momentos en que la esperanza se veía apagada por la violencia que consumía vidas inocentes, consecuencia grave del flagelo del narcotráfico, guerrillas, paramilitares y gobiernos corruptos.
Nada absolutamente distinto a lo que observamos hoy en nuestro país, heredado de aquellos que buscaron un cambio. Seguimos inmersos en un ciclo, en un bucle que cada vez se vuelve más corto a la hora de ejecutarse, sin dar respiro a que nazcan nuevas esperanzas de creer que se puede formar un verdadero cambio.
¿Es muy difícil lograrlo o sufrimos de amnesia colectiva al llegar a cierta edad u optamos por rendirnos? Evidenciamos que quienes escucharon esos discursos dejaron apagar la llama de las vidas que silenciaron por transmitir un mensaje que duele al oído de los involucrados por ser la verdad.
Sencillamente, no hemos entendido aquel postulado de nuestra carta política o cabe la posibilidad de que sí lo entendamos, pero no le damos el uso adecuado y les otorgamos el poder a quienes tienen intereses oscuros e individuales que terminan, aparte de todos los beneficios que ellos mismos se adjudican bajo nuestra representación, con salarios extravagantes, mientras que nosotros, siendo sus jefes, tenemos que sobrevivir el día a día con un salario mínimo o nada. Por esas malas decisiones al ejercer uno de nuestros derechos democráticos (el voto) para escoger a los representantes de nuestros intereses como pueblo, el país sigue sumergido en crisis económicas, inflación, pobreza, desempleo y gobiernos corruptos que desangran el patrimonio económico que nos pertenece a cada uno de nosotros como colombianos. Lamentablemente, somos la puerta endeble que le da paso a la corrupción y somos un pueblo tan ambiguo que somos ricos y pobres a la vez.
Dicen que la esperanza es lo último que se pierde y aquí estamos ante una nueva generación que es muy consciente de lo que ocurre en nuestro país. Si por algún motivo no logramos romper el bucle porque nos conformamos con el bienestar individual o nos llega la fase de amnesia colectiva o simplemente optamos por rendirnos, procuremos dejar llamas vivas que logren retumbar en los oídos de las próximas generaciones para que tengan una buena base y resolvamos aquel problema que prácticamente nace de nosotros como sociedad, el cual es difícil de apaciguar porque hasta el momento la idea de acabarlo no ha prosperado debido a que el camino se hace cada vez más largo y culebrero.
Freddy Alexánder Álvarez Triana.
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