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Ser gay ha sido una experiencia universal a todos los aspectos de mi vida, no solo al amor romántico. Desde pequeños, muchos de nosotros crecimos con ese cartel detrás de nuestras espaldas que le avisaba a todo el mundo que no éramos como ellos. Recuerdo cómo, aún siendo niño, todos mis compañeros de colegio me decían maricón y yo no entendía por qué; no me gustaban los niños, no me gustaba nadie en realidad. Disfrutaba bailar, el rosado y era amanerado, sí, pero los gais eran los hombres a los que les gustaban los otros hombres y ese no era mi caso. El tiempo les dio la razón y resultó que en efecto sí era un maricón, ¿pero era gay en ese momento en el que no se me ocurría si quiera darle un beso a otro niño? La respuesta es sí. Aunque nunca he tenido pareja, a los 21 años el peso (y la alegría y la fantasía y la magia) de ser gay ha estado conmigo toda mi vida.
La lucha, sin embargo, parece haberse enfocado en el amor, en el romántico, específicamente. Para mí siempre ha sido curioso cómo los mayores logros de la comunidad LGBTIQ+ casi siempre se resumen en los medios como la obtención del derecho al matrimonio entre parejas del mismo sexo, pero en realidad yo nunca he pensado en casarme. No es que me moleste ese triunfo o no esté agradecido con los cientos de personas que han dedicado su vida a pelear para conseguirlo, es importante y se los agradezco. Pero en mi vida cotidiana la posibilidad de casarme no me afecta como homosexual. Poderme poner faldas, maquillaje, hablar con una voz femenina sin que me nieguen un trabajo o incluso asegurarme de que ningún niño sea acosado porque prefiere jugar a las princesas que patear balones me preocupa mucho más. Y puedo asegurar que no estoy solo.
Tengo algo claro: en la comunidad hay homosexuales a los que en efecto les gustan las personas de su mismo sexo, pero en la cotidianidad son completamente heteronormativos; si nunca te dicen, nunca te enteras. Son personas en las que su disidencia solo se manifiesta a la hora de amar. Personas a las que va dirigido el “amor es amor” porque por un lado lo es y por el otro en eso se resume su homosexualidad. A las personas a las que va dirigida la lucha, en pocas palabras. Al menos, la lucha que se ve en los medios porque la de las calles es diversa, incómoda, transversal, llena de travestis y prostitutas.
La de las series y películas, de los artículos pomposos y los programas gubernamentales es una lucha que ignora al niño que se pone tutú y corona, que muestra al hombre bien vestido con camisa blanca y pantalón de pana, pero con novio. Tal vez porque se siente más cercana al patriarcado, porque lo femenino es inferior e indigno, porque mientras sea hombre en la oficina a nadie le importa qué hace en la cama y porque mientras más simple mejor: gay es hombre con hombre y nada más.
Leonardo Goez Ramírez.
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