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Asesinatos agravados

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En el editorial del sábado 24 de enero, titulado “¡Cuáles crímenes pasionales!”, se invita al envío de antieditoriales para expresar desacuerdo con la opinión expuesta. Estén seguros de que no llegará ninguna manifestación en contrario.

Colombia entera está con El Espectador. Es necesario añadir que matar a la pareja por celos no es un homicidio sino un asesinato agravado. La mal llamada defensa del honor sexual desapareció en 1980. La persona que recibe la noticia de que su pareja la ha dejado de querer no puede sentir ira y menos intenso dolor. Estos atenuantes sólo se pueden alegar si han sido causados por comportamientos graves e injustificados de la víctima y es absurdo que el hombre, infiel por naturaleza, se sienta ofendido por una duda de infidelidad de su pareja. Matar por amor fue tesis aceptable antes de 1980. En 1933, el abogado Jorge Eliécer Gaitán defendió en Manizales con vehemencia esta tesis en el juicio contra el asesino Belisario Rodríguez Tobar, quien mató a su novia Libia Londoño porque ésta se negó a casarse. Belisario fue condenado con atenuantes y hoy sería condenado con agravantes. Parece imposible que, a conciencia, un abogado como Gaitán hubiera planteado la inocencia del asesino Rodríguez.

Lo más grave no es que haya tantas leyes que castigan la violencia en la familia, sino que no haya políticas de prevención de esta clase de asesinatos y que en muchos despachos policivos y hasta judiciales se reproche a la mujer que presenta denuncias fundadas por este delito. Y peor, que por dinero haya abogados y abogadas que propician la violencia contra la mujer. Y la sociedad y el Estado promueven la violencia repartiendo licor hasta la embriaguez en grado sumo y canciones con letras que hacen apología de la retaliación por despecho e invitan a matar. Hace mucha falta la clase de educación para la vida en familia, en la que debe enseñarse, con el ejemplo y teoría, todo lo relacionado con la sana convivencia en la familia y el respeto a los demás.

Carlos Fradique-Méndez.

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.

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