Carta a la Javeriana, las instituciones y los medios

Cartas de los lectores
27 de septiembre de 2019 – 04:50 p. m.

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Las universidades fueron abrumadas con gases lacrimógenos esta semana; si realizaran un barómetro de opinión, se rajarían tal como el Congreso. Preocupa la argumentación de “Carta abierta al rector de la Javeriana” (El Espectador, 26/09/2019).

Soy egresado de la Universidad Nacional; también de Los Andes, y he tenido oportunidad de contribuir a la Javeriana en labor docente (igual que en las anteriores). Comparto mi experiencia, percepción y opinión.

La universidad pública Allí aprendí que lo público es para los pobres; sembrada esa inequidad, la irresponsabilidad de quienes se sienten libres de pecado, y «tiran» la primera piedra (Juan 8:2-7), «adultera» la paz y educación que presuntamente defienden (y ostentan).

Cómplices, mientras el gobierno traslada hacia la universidad privada los dineros que debería entregar a la pública, destruir la infraestructura de esta última, en actos de vandalismo, también implica robarle dineros que podrían destinarse mejor, ¿verdad?

Justifican su irracionalidad en los corruptos, por lo que traduzco esa arenga como “hacer la guerra en nombre de la paz”: sumen los costos de las reparaciones en la Plaza de Bolívar y Transmilenio, además de las vidas perdidas o los tratamientos de las personas heridas; durante mi paso por la Nacional, conviví con esas abyectas muestras de revolución.

Sé cómo arde el gas lacrimógeno; y, más aún, la decepción que tengo de la universidad pública es tanto más cáustica, pues no aporta a la formación de ciudadanos; esta generalización la sustento en la ínfima cantidad de clases dedicadas a esto, además de la baja proporción de profesionales que contribuyen a causas sociales.

La universidad pública sigue perdiendo protagonismo constructivo en los debates de interés nacional; el progresista Ricardo Bonilla presionó el regresivo IVA en la Comisión para la Equidad y Competitividad Tributaria, y sus representantes en el actual gobierno –Vivienda y DNP–, cuyos méritos han sido cuestionados, operan como adalides de los gremios financieros, liderados por otro egresado de la Universidad Nacional (Luis Carlos Sarmiento Angulo).

Fecode se nutre de la Pedagógica, y nadie observa la precaria calidad docente.

La universidad privada Ejemplos de malversación abundan en la Javeriana y Los Andes. Esta semana, me contactaron de la Vicerrectoría de Egresados, preguntando mi opinión sobre la universidad; tuve oportunidad de expresarles que destaco la exigencia académica, que su exceso de especialización iba en detrimento del concepto «universidad», y que carecía de responsabilidad social, pues esto se ha limitado al programa “Quiero Estudiar”, apalancado por Colpatria y el benefactor gobierno e-Duque.

Breve digresión, la recordación de la universidad pública está condicionada por las «pedreas», y la privada es estimulada por la percepción de mejores oportunidades. ¿Por qué esos becarios ni siquiera presentan examen en la Universidad Nacional?

Las investigaciones de Los Andes ocupan «reconocidas» publicaciones internacionales, que carecen de conexión con las ignoradas necesidades de los ciudadanos (acaso prefieren las empresariales). Mucho se habla del Muro Migratorio de Trump, pero nadie señala la Frontera que estas universidades han demarcado, de manera tácita o explícita –por pensamiento, palabra, obra u omisión.

Carecen de «accountability» en los juicios de responsabilidad que implican a sus egresados, en los resonantes casos de violencia o corrupción.

Legalidad y legitimidad (de la protesta y la pacificación) Muchos eslabones en nuestra cadena de culpabilidades. Es muy grave que el Esmad haya afectado al Hospital San Ignacio; no menos delicado es que haya afectado a la Javeriana. Tampoco que haya alterado la normalidad del suficientemente caótico calendario académico de la universidad pública, y el tránsito de Transmilenio.

A partir de esto, surgen toda clase de “apologías” que atentan contra la paz, la convivencia y la educación. Cada quien protegiendo a su «clan», olvidando a la sociedad; por eso encuentro injusto que el Sr. Hernández escriba “javerianamente” esa carta pública al padre rector.

Muros y piedras. En la misma misiva, cuestiona la “claudicación de la Universidad (o por lo menos, y para peor, de sus directivas) ante la violencia desproporcionada, injusta e injustificada del Estado”.

Es lamentable su limitado significado de «violencia», que simplifica la dignidad humana, la pobreza y la inequidad. Inteligencia reversa, esa misma distorsión degeneró la presunta causa social de las guerrillas.

Por demás, le recuerdo que San Ignacio fue militar, y que muchas de las lecciones «jesuitas» conservan esa impronta. Por ejemplo, la obra de Baltasar Gracián, tan popular como inconveniente pues refuerza las líneas rojas a las que debemos apelar para hacernos un mejor lugar en el mundo (en detrimento de los demás).

Florero de Llorente: terrorismo o justicia Esta semana fuimos sujetos del terrorismo mediático de los transportadores; la desinformación y las noticias falsas, negativas o destructivas, nos han hecho mucho daño. Los medios son responsables en gran medida, y los ciudadanos también.

Sin duda, falta mejorar la comunicación mientras se manejan crisis. Esto igualmente quedó en evidencia en la Javeriana, y en la Policía: problema de capacitación, experiencia, política o guía.

Invito a Miguel a reflexionar, ¿cómo habría manejado él la situación?

He tenido oportunidad de trabajar en organizaciones expuestas a situaciones difíciles, ante diferentes grupos de interés. En casi todas las ocasiones me sentí inconforme con el proceder, e intranquilo mientras reflexionaba, ¿cómo manejaría a futuro la situación?

Dilemas, me he quedado sin respuestas, y estoy convencido de que no existen recetas o algoritmos; por ejemplo, ¿cómo manejarían los lectores las denuncias de acoso laboral (ni siquiera hago referencia al sexual)?

Dejando esa pregunta retórica, para volver al caso de interés, considero que el comunicado de la Javeriana parece dirigido exclusivamente a su comunidad, y le faltó ser explícito en solicitar (no culpar) a la Institucionalidad pública el análisis de la situación, la individualización de responsabilidades, la concertación de un protocolo de manejo de la situación.

Es tan simplista como eventualmente peligroso el argumento del «uniforme» que invocó el Sr. Hernández; propicia bandos.

Lenguaje (verbal y no verbal): víctimas o victimarios El Esmad ha demostrado actuar mal; igual, aunque no intervengan más que para “bloquear”, han sido víctimas también: ¿olvida usted el video con el que casi asesinan a uno de esos policías, frente a RCN radio, en una de las pasadas marchas?

Recuerdo también la escena de una señora que se paró frente al Esmad, para proteger a esos agentes, de la violenta turba.

Inquieta que nos pronunciemos sobre esto, acaso como efímeros episodios; el gobierno saboteó los acuerdos de paz, ignorando que la violencia permeó a toda la sociedad.

El Ministerio de Educación se dedica a intervenir objetos, plazos y costos, sobre contratos de edificios y refrigerios, pero no a su razón social, mientras los colegios y las universidades, públicas y privadas, pierden calidad académica, e ignoran el manejo de emociones, la comunicación y resolución de conflictos, la ciudadanía y responsabilidad social.

¿Qué haría usted si ve a dos personas pelear? Se hace el loco, trata de mediar, desiste cuando se unen para “putearlo” o agredirlo por “sapo”, juzga con distancia sobre las malas maneras de esas personas, va ensimismado en sus audífonos y aplicaciones, etc.

Valores y prioridades Miguel cuestiona que se juzguen como “iguales” las formas de violencia. Eso nos condujo a la apología del triángulo de la culpabilidad, el vivo vive del bobo, y otras manifestaciones de nuestra complicidad, pasiva o activa.

No soy abogado, pero he tenido oportunidad de leer libros como “De los delitos y las penas” (Beccaria). Un insulto no es un «mal menor», tampoco lo es una agresión con las manos, porque “los estudiantes [están], por demás, desarmados”.

Los castigos pueden resultar desproporcionados, equipararnos a los delincuentes, y alimentar el resentimiento.

Reflexionemos si necesitamos las mismas armas, o limpiar nuestros valores, rechazando cualquier forma de violencia.

Germán Vargas.

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.

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