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Carta abierta a la senadora Rendón

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Al escuchar sus respuestas, déjeme decirle que me invadió un sentimiento de vergüenza de género.

Es inadmisible que una senadora desconozca los resultados de cientos de estudios, investigaciones y pesquisas publicadas por universidades y centros de investigación que explican causales, contextos e impacto personal, familiar y social que produce la violencia basada en el género.

Es una problemática social que expresa la persistencia de uno de los mecanismos socioculturales más evidentes, de perpetuación de la subordinación de la mujer y, a la vez, consecuencia de la misma.

Muy importante, senadora, saber que la OMS la considera un problema de Salud Pública y la ONU una violación de derechos humanos, en contravía de la “bobería de las mujeres que se dejan golpear” que usted alega. Con la exculpación de los agresores al responsabilizar a las mujeres de las agresiones, muestra usted una tolerancia inaudita con un problema social significativo y deja al descubierto la magnitud de su “naturalización”. Si toda una senadora como usted piensa de esta manera, qué se puede esperar entonces de todas aquellas personas que carecen de las oportunidades que usted ha tenido.

Por fortuna para el país, otras senadoras, como Alejandra Moreno o Dilia Francisca Toro, tienen el conocimiento necesario para liderar iniciativas que erradiquen las violencias de género, tal como ocurrió con la aprobación de la Ley 1257/08, aún sin reglamentar. Ahora, en el caso de la agresión a la mujer por parte del señor Gómez, la Justicia Restaurativa propicia el resarcimiento del daño a la víctima. A él le brinda una oportunidad para reconocer su conducta violenta sin minimizarla y la posibilidad de una solución moralmente aceptable para la mujer agredida y la comunidad impactada. Si no se puede desaparecer la violencia de un día para otro, sí es indispensable cambiar la actitud hacia el responsable de la misma. Como mujer pública, agredida por un hombre, encontré en la Justicia Restaurativa la reparación moral al daño vivido y el agresor una transformación radical en su vida. Hoy puedo dar fe de que el daño moral individual y colectivo fue restaurado.

Para finalizar, la dejo con Victoria Camps , quien en el prólogo de Mi marido me pega lo normal afirma: “El maltrato corporal es la afrenta más vejatoria que puede ocurrirle a una persona. Consecuencias del maltrato son la destrucción de la confianza en uno mismo, la imposibilidad del autorrespeto y la pérdida de autoestima”.

Por esta razón, es fundamental respetar a las víctimas. Ni usted ni yo sabemos las condiciones que han llevado a esta mujer a permanecer callada. A ella, como a tantas otras, las justificaciones públicas que usted hace son los prejuicios que perpetúan el silencio de las víctimas.

Rocío Pineda-García. Medellín.

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