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El cine ha sido, desde su creación a finales del siglo XIX e inicios del XX, un multipropósito archivo multimedia que registra desde sus distintos géneros y formas, de manera intencionada o no, el contexto cultural, social e histórico de su tiempo; saber por medio de las películas cómo pensaban los directores y guionistas, o que gestos y acciones eran comunes entre los actores, nos da una idea de la sociedad y la cosmogonía de la época. Si se quiere entender una película lo mejor es iniciar preguntándose en qué año se estrenó. Es sencillo inferir por qué en las producciones estadounidenses de la primera mitad del siglo XX e incluso un poco después era casi nula la aparición de actores afroamericanos y cuando lo hacían era siempre en papeles totalmente secundarios e insignificantes como sirvientes, ascensoristas o encargados del aseo; por qué el atuendo femenino era siempre tan recatado y cuando el galán besaba a la desprotegida dama la sostenía en sus brazos, la inclinaba y se giraba dándole la espalda a la cámara para censurar el beso de manera sutil, o por qué en algunas películas de Akira Kurosawa la cámara es estática casi todo el tiempo dando muestras de los rasgos taimados y perfeccionistas de la cultura japonesa.
Cualquier registro cinematográfico ya sea película, documental o cortometraje tiene, independientemente de su valor estético, un valor histórico importante. El cine en muchas ocasiones había contado la historia de la damisela en peligro a la espera del príncipe salvador que viniera al galope en su elegante corcel dispuesto a cortarle la cabeza al dragón o morir en el intento para finalmente salvarla, la historia del galán, personaje central, y la diva insulsa y sumisa; películas como Wings, de W. A. Wellman; The Great Ziegfeld, de Robert Z. Leonard, o Casablanca, de Michael Curtiz, dan muestra de ello. Sin embargo, hacia mediados del siglo XX los movimientos feministas alrededor del mundo con su lucha, tesón y el alzar de sus voces habían logrado reivindicaciones importantes para su género como el derecho al voto y la posibilidad de asistir a universidades; así las mujeres empezaron a ser reconocidas como lo que siempre fueron, un personaje clave que cumplía y cumple un papel importante para cada una de nuestras sociedades, más allá de ser madres o amas de casa. Ahora el cine, como testamento vivo de la materia y de la identidad del cuerpo social, no iba a dejar de mostrar el nuevo rol femenino. Fue un proceso lento, pero en las décadas de los 70 y 80 personajes femeninos protagonizaron grandes y famosas producciones para el cine y la televisión, he aquí a Carrie Fisher como Leia, la princesa guerrera, luchando contra el Imperio en Star Wars; a Linda Carter como la invencible Mujer Maravilla, o a Sigourney Weaver como la valiente teniente Ellen Ripley enfrentando a un xenomorfo en Alien.
Estos personajes se convirtieron en íconos que inspiraron y, aun hoy, inspiran a millones de personas en todo el planeta, al mismo tiempo que les abrieron paso a las películas e historias protagonizadas por otros personajes femeninos. Finalmente, hoy que existen mujeres presidentas, deportistas y grandes intelectuales el cine nos sigue mostrando que las heroínas como Lara Croft o Natasha Romanova pueden salvar al mundo tal como lo haría Batman o Supermán; que la damisela puede cortarle por sí sola la cabeza al dragón y decirle de regreso al príncipe salvador que no era necesario que viniera y que quizás él no hubiese podido.
Mauricio Díaz Beltrán.
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