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Círculo: del latín circulus, dim. cerco

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Él celebró en febrero pasado sus 80 años, es casi nueve mayor que ella…

A las 7:52 p.m., cuando iba a enviar un e-mail, vio a cuatro hombres armados gesticulando y diciendo: “Calladitos, no hagan ruido”… Mi mamá no entendía qué pasaba, quiénes eran, cómo habían llegado allí, a la intimidad de su casa.

Después de presentarse como “agentes del DAS que venían a hacer un allanamiento y a llevarse la plata”, mi papá se paró de su silla para reclamar por lo que apenas empezaba a suceder y recibió la respuesta que sería desde entonces y durante una hora —¡una hora, malditos!— el lenguaje con el que esos criminales de profesión se comunicarían: la violencia.

Los amarraron de pies y manos, los amenazaron, golpearon repetidas veces a mi papá y ultrajaron además la casa entera, desocupando todos los muebles, tirando al suelo lo que no les interesaba, rompiendo cerraduras, rasgando el alma y vulnerando la integridad de dos personas que no podían representar amenaza alguna para esos cobardes.

Se fueron como llegaron, silenciosa y cobardemente; mi papá logró desatar los nudos de sus manos y ayudar a mi mamá con sus ataduras… Ella de inmediato llamó al 123 y luego a mí. Por supuesto llegué antes que los policías, quienes parecían algo curiosos por saber qué había pasado, si bien no revisaron el lugar por el que habían entrado los delincuentes ni su ruta de acceso, no tomaron fotografías, no tomaron huellas dactilares, ni siquiera redactaron un reporte del que pudieran tener una copia las víctimas. Les preguntaron, eso sí, en cuánto calculaban el valor del robo y si tenían enemigos, y se fueron, no sin antes advertir que tenían que poner la denuncia en la Sijín. Es decir, fueron a pasear a la casa de mis papás un rato para romper con la monotonía de la noche.

Presentar la denuncia, una vez agotado el recorrido fallido por dos estaciones, tardó cuatro horas. Escenario poco más que kafkiano y la certeza cada vez mayor de que jamás nadie iba siquiera a intentar capturar a esos hombres que tal vez hoy o mañana, a las 7:52, están en otra casa golpeando y ultrajando a otras personas, con la seguridad absoluta de que nada les va a pasar. A ellos no les pasará nada; a sus víctimas les destruyen en una hora buena parte de su vida, o de lo que les dejen de vida después del allanamiento.

Por eso ahora les invito a pensar, a las 7:52, o a cualquier hora, en los horrores de esta ciudad, en las víctimas anónimas, en la incompetencia estructural del sistema y de sus autoridades constitucionalmente responsables de proteger la “vida, honra y bienes” de las personas. A pensar qué podemos hacer con una sociedad indiferente. A pensar qué tanto hemos fallado para que exista gente capaz de hacer algo así.

¿Cómo romper esos círculos, esos cercos?

Victoria Troncoso. Bogotá.

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