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“Qué agotadora resulta Colombia”, escucho y leo por doquier. Y sí, que agobiante es esta tierra en la que con esmero y obsecuencia nos sumimos en la desidia al percatarnos de un hecho de corrupción más, de un homicidio más, de una violación más. En el asfixiante uno más que insta a emigrar a otro país más confortable que brinde la libertad pero sobre todo la posibilidad de desprendernos del “dio papaya”, del “qué vivo que soy” o del “quién lo manda”.
Por otra parte, me resulta despiadado, desconsiderado y cínico, digno de la burguesía a la que con tanto ahínco criticamos mis compañeros y yo, asentir cuando nos consultan acerca de si deseamos desenvolvernos profesionalmente en otros países.
Lo sórdido del asunto radica en que nosotros tenemos la convicción de que nos graduaremos de la universidad, no hacemos parte de ese 49,3 % de los jóvenes que se ven forzados a abandonar sus estudios por dificultades económicas. Con viento y marea a favor, con la posibilidad de visualizar el desmembramiento del terreno desde nuestro globo aerostático, somos los primeros en dar un paso al costado, apagar el celular y darnos el lujo de no continuar sufriendo a Colombia.
El meme en el que aparece un bebé recién nacido esperando a que le confirmen que vivirá en Europa, pero que se desilusiona al conocer que será colombiano, no plasma la realidad del asunto. Yo nací en Cúcuta y, entre todo, siempre he estado cómodo. Aunque si por circunstancias de la vida hubiese crecido unos metros más cerca al aeropuerto Camilo Daza, en La Malla, por ejemplo, donde los paramilitares y guerrilleros hicieron y deshicieron a su antojo, no estaría redactando esto.
Si la vida me hubiese colocado unos kilómetros más lejos dentro de Norte de Santander, en Tibú, por nombrar un lugar, no estaría considerando buscar residencia en otro país, ni siquiera anhelaría que se acabara el conflicto. Solo añoraría que un actor armado fuera hegemónico para tener la certeza de que con un grupo delincuencial al mando cesaría la cantidad de enfrentamientos y desplazamientos. Una moneda al aire que cayó y me favoreció, a tal punto que me permite ser tan osado de asumir lo que siente alguien que de verdad se encuentra afligido por las barbaridades de Colombia.
Todos queremos saborear las mieles de unas mejores condiciones de vida en el país, gozar y estar en la disposición de enorgullecerse de verdad —y no con un endeble e insostenible patriotismo— por el hecho de ser colombianos. ¿Pero es posible una mejor Colombia? Una Colombia próspera retumba en mis oídos como una quimera, aunque si sucediera y me encuentro en el exterior no retornaría, por el hecho de que sería de lo más ruin partir cuando la bruma es tan densa que enceguece, pero a su vez embriagarse de júbilo cuando el sol abriga y es fulgurante gracias al rugido de aquellos que encauzaron su vivir en abrazar una meta que los consumió por completo.
El presagio que inspira Colombia es incierto, el día a día es indescifrable. Menos mal que casi nunca me proyecto.
Juan Carlos Granados Tuta.
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