Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En nuestro país un nuevo escándalo sobre corrupción en el centro o en la periferia de nuestro entorno social no constituye ninguna primicia ni causa sensación, por mucho que los titulares sean llamativos o sensacionalistas. Quien se acostumbró a robarle al Estado lo seguirá haciendo dentro o fuera de la cárcel, tal como nos lo demuestra el enfermizo Emilio Tapia, a quien robar se le convirtió en una patología. De otra manera no se entiende que este tipejo robe cada vez más y mejor. Por supuesto que hay tapias incrustados en todos los rincones de la vida nacional.
Pero hablar o escribir sobre la corrupción también se vuelve un tema del montón, porque a nadie le interesa; volver a la historia sobre la corrupción para repetir por millonésima vez que esta arrancó desde el mismo momento que los españoles pisaron nuestras tierras tampoco es significativo. Lo que nos debe preocupar ahora y todos los días de aquí en adelante es cómo se la combatirá. Los expertos nos explican que el escarnio público no les hace ni mella a los verdaderos artífices de esas mafias que están plenamente instaladas en toda la estructura del Estado. El PAE es otro ejemplo de la gran cadena de actores que arrastra este programa, que es de los niños y tal vez por eso mismo ha sido atrapado por mafias asentadas dentro y fuera de los entes gubernamentales.
Quienes estén desempeñando cargos de administración, control, veeduría y similares tienen que centrar todos sus esfuerzos en buscar medidas efectivas para erradicar la corrupción. No más leyes, no más decretos, no más titulares, no más pronunciamientos. Estamos hasta la coronilla de escuchar eso todos los días, a la par que los escándalos cotidianos de funcionarios corrompidos. Estudien, con urgencia, la manera de frenar de una vez los mecanismos que llevan a que todo se lo roben y no pasa nada. Y, sin embargo, tan “exigentes” en los requisitos para acceder a una licitación. Un gobierno, no importa su orientación, puede pasar a la historia de la dignidad cuando haya logrado demostrar que está combatiendo la corrupción. Lo demás es pura paja.
Ana María Córdoba Barahona. Pasto.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com