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El Espectador en sus ediciones del 21 y 22 de septiembre, bajo la firma de los periodistas Pablo Correa y Sergio Silva, publica un reportaje dividido en dos artículos titulados “Cigarrillos electrónicos: ¿una cortina de humo de las tabacaleras?” y “Cigarrillos electrónicos: ¿qué dice la ciencia?”, que demeritan en forma genérica las publicaciones científicas con el argumento de que son financiadas por la industria, en el caso específico por las tabacaleras, y por ende son sesgadas a favor del auspiciante. Como las publicaciones citadas reproducen textos e ilustraciones de algunos de los artículos de Iladiba referentes a la política o estrategia de salud pública sobre reducción del daño del tabaquismo, es obvio que fuimos incluidos en la “supuesta información científica”, que entre comillas se expone en el destacado de la primera publicación de El Espectador, con la intención de desacreditar.
Brevemente haré alusión a Publicaciones Iladiba, de 35 años de historia en Colombia, en toda América Latina, en España y en Puerto Rico. Iladiba nace en Boston, cuando el editor-fundador era profesor visitante en la Universidad de Harvard, con la misión de educar de una forma actualizada, concisa, clara y en español, basándose en las publicaciones médicas de las más prestigiosas revistas científicas del mundo, para beneficio educativo de los médicos, otros profesionales de la salud, estudiantes y población general de nuestros países.
Nuestras publicaciones han sido reconocidas como de calidad y de absoluta independencia científica. Vale decir que nuestros contenidos, debidamente citados en cuanto a su fuente de origen, aunque no traducidos literalmente para preservar los derechos de autor, tienen el respaldo de las revistas que los publican y de los autores respectivos en cuanto a la evidencia científica de ese contenido.
Representamos con orgullo periodismo científico de calidad, acreditado por 35 años de experiencia y reconocimiento nacional e internacional.
Tuve el honor de conocer a Guillermo Cano a mi regreso al país pocos años antes de su sacrificio y me distinguió abriéndome las páginas de El Espectador, donde escribí una columna médica por varios años.
Por todo ello, rechazo en nombre de la organización Iladiba la inclusión de nuestras publicaciones en un reportaje escrito con el obvio propósito de los periodistas de desconocer la validez de la reducción del daño para la salud, como estrategia de aminorar los perjuicios del tabaquismo.
El debate y la controversia científica son válidos, pero deben conducirse con altura y sin agredir o insultar a aquellos que integran un grupo disidente. El camino lógico y respetable de la ciencia médica es brindar al lector información científica basada en evidencia, la cual puede controvertirse con investigaciones o estudios que arrojen por alguna razón conclusiones que difieren.
Afirmar que la revista Iladiba está brindando información alejada de lo que ha demostrado la evidencia, o demeritar las investigaciones de renombrados científicos como el psiquiatra (no psicólogo, como lo exponen los periodistas) británico Michael Russell, es no querer profundizar en la otra postura, inclinada a la reducción de daño, que genera el debate frente a la utilización de los dispositivos electrónicos. De ninguna forma Iladiba ha tomado una posición a favor o en contra de la utilización del cigarrillo electrónico, ni lo ha presentado como “la solución a la paradoja que planteó Russell”, pero sí ha posibilitado que el lector conozca la evidencia a favor del uso de este, su eficacia en la población fumadora adulta y también sus riesgos en la población joven no fumadora dejando en claro la falta de estudios de los efectos a largo plazo.
En aras de la brevedad, mencionaré unos pocos ejemplos de políticas de reducción del daño que se han aplicado durante muchos años en pro de lograr mejorar la salud. Las vacunas buscan prevenir 100 % las enfermedades infecciosas o transmisibles, pero con contadas excepciones lo logran a plenitud y tienen riesgos. Una vacuna contra la influenza puede prevenir 50 % o 60 % de los casos y nunca la totalidad de los eventos y puede conllevar riesgos como la alergia al huevo usado en su preparación. De la misma manera, la distribución de jeringas a los drogadictos intravenosos para que no las compartan y diseminen virus como el del sida no elimina la adicción, pero reduce la transmisión de enfermedades como el sida y la hepatitis viral. El adicto puede sobrevivir con su adicción, pero se logra que tenga menos probabilidad de morir por una infección. Y hay decenas de ejemplos más, todos ellos a favor de la salud pública (p. ej. legalización de la prostitución, distribución de metadona, etc.).
La reducción del daño del tabaquismo se basa en que el fumador o adicto al tabaco opte por productos que tienen un riesgo menor (que no quiere decir inocuo pero que hace menos daño). Esa disminución del riesgo no la hemos inventado o investigado los periodistas científicos, sino organismos del prestigio de Public Health England; Royal College of Physicians; American Academies of Science, Engineering and Medicine; Global Health Institute de New York University y muchos otros que son citados de forma enfática en nuestras publicaciones.
Las propuestas de los científicos de esas organizaciones son totalmente independientes de la industria y en algunos casos son financiadas por los gobiernos a los cuales asesoran. Su prestigio es tan sólido que son asesores en salud pública de los entes gubernamentales y por ende generan políticas que adoptan instituciones como el National Health Service y el National Institute for Health and Care Excellence (NICE) de Inglaterra. De hecho, hemos incluido la revisión realizada por 72 expertos mundiales sin vínculo alguno con las tabacaleras, en la que expresan la importancia de la estrategia de reducción de daño en tabaco y exponen las ventajas de los cigarrillos electrónicos. Esta publicación fue enviada a la OMS en el marco del Control del Tabaco.
No todos los países, por supuesto, pero sí muchos han adoptado la política de reducción del riesgo del tabaquismo, entre ellos Nueva Zelanda y Canadá.
Invito a sus periodistas a leer nuestras publicaciones al respecto y a revisar las citas bibliográficas. Si no desean revisar la otra cara del debate, al menos deberán aceptar que actuamos con la mayor honestidad y que así no estén de acuerdo (ellos y quienes se oponen), al menos tendrán que disentir con argumentos y con los científicos de los organismos que citamos.
Jorge E. Maldonado. M.D., Ph.D., FACP. Editor-jefe, Publicaciones Iladiba.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.