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¿Ya viste el capítulo nuevo de (completa con tu pódcast/canal de humor favorito)?
Para el 2023 Colombia bajó al puesto 72 en el ranking del “Informe mundial de felicidad” de la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas. Pero no estamos tan mal, estamos aprendiendo una lección importante sobre la felicidad: mofarse de la propia desgracia hace parte de la felicidad. Es curioso ver cómo a muchos colombianos nos cuesta reírnos de nosotros mismos, por aquello de la baja autoestima y las pocas habilidades socioemocionales que desde el hogar y las escuela desarrollamos, pero eso para nada impide que nos sea fácil y muy divertido burlarnos de otros, de la realidad de otros, que por cierto es también la nuestra.
Una realidad tan cruda, violenta, gris, injusta, que despierta un no sé qué o no sé cómo, una risa nerviosa, que pega entre la depresión y la ansiedad, entre la carcajada y la cagada, entre lo absurdo y lo posible. Porque es Colombia y aquí todo puede pasar; tan así, que los titulares noticiosos hacen competencia interna, “el más desinformador, raro y amarillista gana”. Pasa diariamente en redes sociales, videos de YouTube, memes, tiktoks y todos los formatos digitales que son usados para entretener, y nos damos cuenta de que el titular era lo de menos, el meollo de la noticia era peor todavía.
La realidad da para todo, obra teatral, espectáculo, libro de cómic, humor de todos los colores, pero en especial negro, negro como la actualidad del país. Esa clase de humor que en otra época habría causado la muerte a sus creadores hoy en día es el medio más aclamado de diversión, sin importar la generación a la que se pertenezca. Hemos de aceptar que somos adeptos a reírnos de los vejámenes que ocurren.
El objetivo, como dice el adagio, es reír para no llorar; ir a un teatro y dejar en el asiento la pesada carga anímica que implica vivir en medio de crisis, despejar la mente del control moral y dejarse ir por el camino de la maldad, del morbo, de la gracia de las historias lujuriosas que nos obligan a imaginar y al mismo tiempo divierten una mente que se refleja en lo que oye y ve.
Se necesitan altas dosis de ese humor, alto grado de fantasía aunque sea maliciosa, de imaginación aunque sea burlesca, para no enloquecer, para no morir de realidad, como diría Bradbury. Hay que trabajar mucho en traer ese lado humano oscuro a la superficie, para evitar ofenderse, censurar y tomar como personal el único salvavidas que tenemos en medio del naufragio en mar abierto, cada vez más lejos de la orilla.
Dejemos al humor, la sátira, la comedia y el sarcasmo cumplir su propósito, exiliemos al humano santiguado al paraíso de Suiza y Dinamarca que vive en sus más locos sueños, convivamos por un ratito con la bestia, la que se ríe de su desgracia y está alegre, sonriente, dichosa por un momento, con la vista nublada por la polvareda que deja el desplome de su nación.
Iveth Cuervo.
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