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En vísperas de un nuevo 1° de mayo busqué en la prensa noticias sobre los actos a realizarse en Colombia para conmemorar este Día de los Trabajadores. No encontré absolutamente nada. No esperaba actos ni manifestaciones ni marchas… Sólo esperaba encontrar una alusión, un pequeño aviso, sólo algo que dijera que la masa trabajadora estaba presente y se pronunciaba, máxime en un momento tan especial como este, donde no sólo está en juego la salud de todos sino la sobrevivencia del empleo y por ende de los ingresos de miles de familias colombianas.

Es momento de debatir el país que queremos a futuro… y antes de que alguien me diga que no debo alentar pensamientos subversivos que no apoyen al Gobierno en este momento, aclaro que debatir y pensar no es subversivo, que debatir y pensar en este tiempo de pandemia es fundamental para no terminar de alienar y esclerosar nuestros cerebros. Es un momento único ya que la pandemia no sólo dejó ver lo mejor de los colombianos, “la berraquera, la solidaridad, etc.”, sino que dejó al descubierto problemas crónicos de nuestra sociedad en el sentido de la fragilidad y la falta de seguridad social. Eternamente, ante la multitud de desastres que ha sufrido Colombia, al menos los ocurridos en las últimas tres décadas de los cuales puedo dar fe, la atención de los diferentes gobiernos se ha apoyado fundamentalmente en las donaciones y aportes del resto de la población y en las frases “si Dios quiere” o “Dios proveerá”. Pobre Dios, mucho trabajo para él solo.

Esas frases, y la opción histórica que tomó el establecimiento de mantener a la población de menos recursos desinformada y fuera del “sistema” llevó a lo que tenemos hoy: no hay espacios, no hay debate, no hay cuestionamientos, y cuando los hay son dirigidos de tal forma que se nos impone el debate que les conviene… No hay ninguna alusión a ese país que no tiene las herramientas que en otros países existen y funcionan: un sistema nacional de salud pública fuerte y universal, dotado para atender eficientemente a la población; un sistema financiero público fuerte y distribuido a lo largo del territorio, que sirva para canalizar los recursos que el Gobierno quiera hacer llegar a la población y no lo haga dependiente del sistema privado que lo único que le importa es lucrarse; un sistema de seguro de desempleo que le garantice al trabajador que queda sin empleo cuatro a seis meses de sueldo; una formalización de la economía que traiga al sistema de seguridad social una gran parte de los actuales 20 millones de personas que hoy no existen, que están fuera del sistema y que dentro de unos pocos años pasarán a seguir engrosando esa población de viejitos que pululan en las calles y hacen lo que pueden para ganarse una mísera ración de comida, hasta que se mueran en un país indolente que sólo les dio a lo largo de su vida una salud indigna, inseguridad, falta de acceso a la educación, falta de techo digno, imposibilidad de generar una pensión digna y los obligó a vivir de algo que seguimos haciendo, donaciones y más donaciones para los damnificados… Es decir, vivir en el país de la limosna institucionalizada.

Ojalá me equivoque y escuchemos de nuestros representantes en el Congreso, de las centrales obreras, de los estudiantes organizados, de los diferentes líderes de nuestra sociedad, alguna propuesta para realmente debatir sobre esas carencias que esta pandemia dejó al descubierto en nuestra querida Colombia.

José Carlos Coelho de Oliveira

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