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Reflexiones a partir del positivo de María Sharapova.
María Sharapova, una joven, guapa y talentosa tenista que se dedica al tenis desde la edad de cuatro años, aceptó que se dopó en el último torneo de Australia. ¿Qué necesidad tendría ella de hacerlo, teniéndolo todo? Lo que nos debe llamar la atención es que el deporte, a nivel competitivo, se ha convertido en un problema que refleja los retos sociales y económicos, en términos éticos y morales, que trascienden sus fronteras. Los medios se concentran en el o la deportista que da positivo en el dopaje, pero poco buscamos ver más el contexto y la responsabilidad de las federaciones, los patrocinadores, entes regulatorios, y hasta los mismos fans.
Hace unas semanas fue elegido el nuevo presidente de la FIFA, Gianni Infantino. En una persona están puestos los ojos de los seguidores del fútbol, las confederaciones, los patrocinadores, los equipos. La corrupción del ente que rige el deporte más popular es sistémica e involucra a confederaciones y hasta gobiernos. Se nos está olvidando que todos somos responsables de la crisis de corrupción de la FIFA. Como la fórmula es: a mayor éxito, más dinero; a más dinero mayor éxito; entonces la resistencia ética y moral se rompe. Alemania se llevó USD$ 35 millones por ganar la Copa del Mundo 2014, y cada jugador se acreditó USD$408.000 de bono. Le siguió Argentina con USD$25 millones. Fuera de eso, sólo para el Mundial 2014, los principales patrocinadores invirtieron entre USD $ 25-50 millones anuales. Nuestro consumo apoya estas grandes cifras y la corrupción que se ha generado para pagar estos premios, las licencias y los patrocinios. Para comprar una aspirina para el dolor de cabeza regateamos y “centaveamos”, pero para comprar la camiseta oficial de un equipo o selección, estamos dispuesto hasta a incurrir en deuda. Estamos prestos a comprar entradas en reventa a precios exorbitantes.
En tenis, las cifras podrían ayudar mucho con el déficit fiscal de Colombia. El Abierto de Australia entrega USD$ 31,1 millones en premios; el Abierto de Francia, USD$ 30,2 millones; Wimbledon, USD$ 41,76 millones y el US Open, USD$ 42,35 millones. Y no hace poco fueron públicas las sospechas de arreglo de partidos de tenis, amañando resultados para otorgar jugosas ganancias a apostadores. Aunque los hallazgos se hicieron en la parte baja de los ránkings, no se descarta el amaño de partidos en los grand slams. Con tanto dinero en juego, la presión a jugadores es creciente. Aunque esto no justifique el dopaje o la trampa, es necesario evaluar las presiones económicas detrás de cada revés, as, net. Más allá del turismo y ocupación hotelera con los eventos, lo que nos debe preocupar es lo que está debajo de la línea de flotación. Ascender en los rankings no es sólo cuestión de competencia y talento, hay corrupción.
El deporte hace tiempo dejó de ser un asunto de disciplina, orgullo, esfuerzo y lágrimas; es una máquina de hacer dinero a cualquier precio. Y el dinero, como lo es todo en nuestra “cultura” de consumo e imagen, ha contagiado desde hace tiempo el deporte. Lejos están las épocas en que los deportistas tenían que trabajar para poder tener sustento y practicar su deporte. A años luz quedó la filosofía de los Juegos Olímpicos de competir por honor. Hoy, todo es dinero, márketing, compra y venta de consciencias. El deporte hoy es el reflejo de nuestro sistema de consumo que soporta la corrupción. La posibilidad de que los Juegos Olímpicos o la Copa del Mundo de fútbol se realicen en países con poco poder adquisitivo es ínfima y los experimentos en Sudáfrica 2010 o Beijing 2008 demuestran que el deporte no es el centro de atención, pues luego de grandes inversiones y deuda para los eventos, las instalaciones quedaron subutilizadas o abandonadas. Hoy esos experimentos son el monumento a la ambición y el afán del corto plazo y la corrupción de los gobiernos e instituciones que deberían fomentar el deporte per sé y no por el lucro.
Finalmente, debemos ser críticos del sistema de patrocinios perverso. Una marca que detecta un talento deportivo, inmediatamente se abalanza a engancharlo con contratos exclusivos y millonarios. En el mundo de los medios parece idílico que James o Messi estén patrocinando una marca. Detrás de la imagen hay cláusulas que desconocemos. Si hilamos fino, veremos que más allá de promover a un deportista, los patrocinios quieren vendernos algo; es obvio. Sin embargo, es la materialización de la persona y, con nuestro consumo, apoyamos un sistema que genera la corrupción en el deporte y su funcionamiento. Aceptamos los patrocinios como algo natural, pero realmente debería retar nuestros valores éticos y morales. Y los patrocinios cumplen la frase de Napoléon Bonaparte: “¿Quieres saber cuántos amigos tienes? Cae en desgracia”. El deportista es idealizado a tal punto que prácticamente tiene que dejar de ser humano; su desempeño no sólo debe ser en la cancha sino en la caja registradora del patrocinador. Si el deportista cae en desgracia, los patrocinadores se lavan las manos y nosotros les seguimos comprando.
Carlos Tafurt Loll.
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