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A veces uno se pregunta por qué el proceso de paz no ha tenido la receptividad que un evento de esta naturaleza se merece, como se ha visto en otras partes del mundo, en donde han celebrado con entusiasmo y en masa, y no encuentra la respuesta precisa. Todos deberíamos estar de plácemes, pero no es así. Desde luego, hay razones más que suficientes para ello. Las Farc nunca defendieron las banderas sociales, se dedicaron a crear empresa criminal y a ejercer todas las clases de violencia contra la población a la que pregonaban que defendían. Toda esa estela de dolor, miseria y terror no es fácil de borrar. Así se diga que se perdona para poder encontrar un ambiente de convivencia digno, no se hace de corazón, es más por conveniencia que por convicción. Las heridas de la guerra dejan cicatrices en el alma que no borra nadie, y eso justamente es lo que, como pueblo violentado, no nos deja recibir con alborozo la paz con este grupo de terroristas. Además, las concesiones del proceso fueron más allá de lo que se merecían y eso ha ofendido al pueblo que tiene cicatrices: 220.000 familias con luto; 17.000 mutilados, seis millones de desplazados y 40 millones de colombianos atemorizados, en cifras no exactas. Este grupo guerrillero nunca sembró para recoger en la paz; está recogiendo en desprecio lo que lastimó con la violencia. Claro está que sí es mejor tenerlos sin armas y luchando con ideas que asesinando, extorsionando y empobreciendo las zonas donde hacían presencia, pero con un sometimiento justo, en donde el pueblo entienda que no están por encima de la Constitución ni de la ley. Que no le hagan trampa al pueblo como siempre lo han hecho, que jueguen limpio en la política, porque en la arena política es con ideas progresistas y respetando los pilares de la democracia. Ahí no hay cabida para ningún tipo de violencia, no es válido el manido aforismo: “el fin justifica los medios”. Édgar Guillermo Bejarano Chávez.
¿Por qué el resentimiento con el proceso de paz?A veces uno se pregunta por qué el proceso de paz no ha tenido la receptividad que un evento de esta naturaleza se merece, como se ha visto en otras partes del mundo, en donde han celebrado con entusiasmo y en masa, y no encuentra la respuesta precisa. Todos deberíamos estar de plácemes, pero no es así. Desde luego, hay razones más que suficientes para ello. Las Farc nunca defendieron las banderas sociales, se dedicaron a crear empresa criminal y a ejercer todas las clases de violencia contra la población a la que pregonaban que defendían. Toda esa estela de dolor, miseria y terror no es fácil de borrar. Así se diga que se perdona para poder encontrar un ambiente de convivencia digno, no se hace de corazón, es más por conveniencia que por convicción. Las heridas de la guerra dejan cicatrices en el alma que no borra nadie, y eso justamente es lo que, como pueblo violentado, no nos deja recibir con alborozo la paz con este grupo de terroristas. Además, las concesiones del proceso fueron más allá de lo que se merecían y eso ha ofendido al pueblo que tiene cicatrices: 220.000 familias con luto; 17.000 mutilados, seis millones de desplazados y 40 millones de colombianos atemorizados, en cifras no exactas. Este grupo guerrillero nunca sembró para recoger en la paz; está recogiendo en desprecio lo que lastimó con la violencia. Claro está que sí es mejor tenerlos sin armas y luchando con ideas que asesinando, extorsionando y empobreciendo las zonas donde hacían presencia, pero con un sometimiento justo, en donde el pueblo entienda que no están por encima de la Constitución ni de la ley. Que no le hagan trampa al pueblo como siempre lo han hecho, que jueguen limpio en la política, porque en la arena política es con ideas progresistas y respetando los pilares de la democracia. Ahí no hay cabida para ningún tipo de violencia, no es válido el manido aforismo: “el fin justifica los medios”. Édgar Guillermo Bejarano Chávez.
Descubrimientos ajenosQué triste que la única justicia que funciona en Colombia es la que desvela otro país, siempre Estados Unidos. De lo contrario, no pasa nada. ¿Habríamos acaso sabido de Odebrecht o de las andanzas del zar anticorrupción sin la intervención del Departamento de Justicia de ese país? Rosa Delia Figueroa.
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