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Las políticas deben hablar suavecito
Aprovecho este interesante tema que trae el editorial del 3 de marzo para agregar matices que establezcan distinciones, por un lado, y por otro sirvan para afirmar el tema central.
Existen diferencias entre lo que llamaría un tono moderado y otro que no lo es. Moderado aquí tiene el sentido de no incluir frases o palabras insultantes y ofensivas, que no ayudan a clarificar el mensaje y producen el efecto contrario: el lector o el oyente del discurso puede que rechace ese lenguaje y pierda el foco de lo importante que se quiere comunicar.
El uso del lenguaje sin palabras insultantes no le quita fuerza al corazón de la denuncia; más bien disipa distractores de forma, cuyo efecto puede debilitar el mensaje central o favorecer que se tome partido por el ofendido sin calibrar la magnitud de lo denunciado.
Las palabras ofensivas no se alinean con la racionalidad ni con la reflexión; tocan el corazón de las emociones, ya para celebrarlas o para rechazarlas con fuerza. Si miramos la historia reciente de Colombia, el lenguaje sigue jugando un papel fundamental en la polarización que nos agobia.
Los discursos monocordes (escritos o hablados) producen más tedio que interés y sacrifican su validez. Otra cosa es la pasión en el discurso: ella atrae y convoca porque refleja el convencimiento de lo que se dice, así resulte incómodo para los implicados, trátese de personas o grupos.
Como lo dice el editorial, esto no es asunto de género, así la calificación de los promachistas (hombres y mujeres) persista en acomodar sus prejuicios a cualquier oportunidad que les sirva de vehículo.
La calidad y credibilidad de un mensaje obliga a depurarlo de falsas verdades y de formas en sí mismas ofensivas.
El virtuosismo reside justamente en la combinación de un mensaje cierto, argumentado y sin escollos verbales que puedan ocultarlo.
La verdad, la claridad y la fuerza son hermanas de la buena forma.
Leonor Noguera Sayer.
Sobre la protección ambiental
Quizá sea necesaria más contundencia en el llamado a las instituciones responsables de velar por la protección y sostenibilidad ambiental en el país, a la sociedad civil y demás organismos nacionales e internacionales para que actúen de manera eficiente ante el peligro del desastre ambiental por la deforestación a que están sometida toda la Amazonia y demás regiones del país.
A todos los colombianos nos debe doler el daño ambiental que viene ocurriendo y a la vez reconocer la perversidad del comercio de la madera que engrosa los bolsillos de unos pocos, la tala y quema de árboles centenarios para aumentar los potreros de unos pocos finqueros con ansia de riqueza desmedida, la humillación que reciben los indígenas y campesinos que tratan de cuidar la naturaleza y sufren el hambre y el abandono estatal.
El ministro debe dejar de escudarse ampliando los plazos de cero deforestación. Los medios masivos de comunicación deben seguir informando con veracidad ante el peligro del desastre ambiental que va creciendo en Colombia.
Mercedes Larrotta.
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