Dos cartas de los lectores

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Exageraciones y tergiversaciones

El final de la columna del domingo pasado de Héctor Abad, en la que  acomete el grave problema de los abusos en el clero, me parece que cae en la tergiversación al hablar del apóstol san Pablo. 

San Pablo recomienda el matrimonio para quienes no puedan aceptar la abstinencia, porque, dice él, “más vale casarse que abrasarse”. Si él ha permanecido célibe lo ha hecho para poder dedicarse plenamente, con alma, vida y sombrero, a la predicación del Evangelio. Pero no impone la abstinencia a nadie. Es más, tanto en la carta a Tito como en la primera a Timoteo, obispos y discípulos suyos, recomienda que tanto los presbíteros como los diáconos sean maridos de una sola mujer, para que sepan dar buen ejemplo y mostrar a los demás cómo se gobierna la propia casa. 

Cierto que ataca la homosexualidad en la Carta a los romanos, pero habría que colocarse en un contexto en que se refiere a la decadencia del Imperio romano y sus césares, cosa reconocida por la historia y que contrastaba enormemente con una doctrina cristiana en los albores de su entusiasmo y fervor en seguimiento de la persona de Jesucristo.

Francisco Tostón de la Calle 

La impunidad de la “justicia divina”

La Corte Suprema del estado de Pensilvania, en Estados Unidos, denunció con pruebas por enésima vez la violación de niños de ambos sexos, en especial varones, por parte de curas católicos sin que vaya a suceder nada diferente al escándalo mediático de siempre. Según el derecho canónico, la máxima pena es la expulsión del ámbito eclesial; léase: impunidad. Cuando son sacerdotes pedófilos ancianos, acuden a la misericordia, y el máximo castigo es la oración y la penitencia. El papa Francisco vive pidiendo perdón. Los curas abusaron de los niños seduciéndolos con pornografía, alcohol y drogas. Recordamos aquí en Colombia al cura Efraín Rozo Rincón, hoy de 90 años, quien confesó públicamente ser un violador por muchos años en seminarios y orfanatos —entre ellos su sobrino— y no pasó nada. Lo enviaron a retiros espirituales y ya. A estos pedófilos de hábitos oscuros la justicia penal ordinaria no les toca su espíritu. Todo lo dejan a la justicia divina; que dicho sea de paso ¿para qué le sirve a la víctima? Cabe anotar que no solo los curas acosan y violan, las monjas también.

Helena Manrique Romero  

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