Dos cartas de los lectores

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Así paga el diablo…

Así paga el diablo a quien bien le sirve, dice un sabio refrán. Así le está pasando a Colombia con Trump. Tal como viene defendiendo, con inteligentes y bien fundados argumentos, desde hace muchos años Antonio Caballero, el narcotráfico es un gran negocio porque la droga está prohibida. La prohibición convierte la droga en un producto costoso, con un altísimo valor agregado, del que se benefician productores (en pequeña parte), distribuidores (en mayor cuantía) y vendedores (en su mejor y más jugosa parte). Pagan los millones y millones de consumidores en el mundo entero y se enriquecen con el narcotráfico no solo los vendedores, sino transportadores, aduaneros, contactos, mafiosos, políticos, policías, etc.

De modo que aquello de los “intereses creados”, que expresó en un famoso drama el escritor español Jacinto Benavente, explica las dimensiones y la fortaleza imbatible de este monumental y universal negocio.

La lucha contra la droga es una consabida derrota. Todo el mundo lo sabe. Pero el negocio sigue próspero y boyante. La guerra contra el narcotráfico mantiene el negocio con un rendimiento insuperable. Pero parece que las autoridades colombianas poseen la gran solución: el glifosato. ¡Oh maravilla! El mundo está ciego. Definitivamente.

Mientras tanto, la guerra contra el narcotráfico fortalece el negocio. Primera y conocida conclusión. Y segunda: a mayor sumisión del gobierno colombiano, mayor desprecio del gobierno gringo.

Francisco Tostón de la Calle.

Genocidio de líderes sociales

El país contempla con suma indiferencia la muerte de líderes sociales, como que su implementación deviene desde los albores en que se dio inicio al proceso de paz y se intensificó a partir de la firma de los acuerdos finales con el grupo armado de las Farc.

Los crímenes no cesan y cada vez revive la dantesca tragedia por la que otrora atravesó el grupo político denominado Unión Patriótica (UP), durante la época en que se impulsó un proceso de paz y se llevaron a cabo las elecciones regionales y nacionales, donde la izquierda democrática obtuvo una notable representación.

Lo que llama la atención sobremanera es que, mientras en Colombia nos dolemos a diario por la suerte de los hermanos venezolanos, parece que nuestra propia suerte, valga decir, los asesinatos de indefensos hombres y mujeres que apostaron por la paz y se desmovilizaron no causan ninguna conmoción ni condena social similar.

Y ante el genocidio sistemático de colombianos que, pese a las vicisitudes, creyeron en el proceso de paz, resulta indubitable que su noble convicción los somete aquí y ahora al estigma y el desprecio, dado que desde la otra orilla les han negado el perdón y la reconciliación y propugnan por su exterminio.

Esta lamentable tragedia nacional se expresa en la doble moral del Gobierno de turno y en la mezquindad de los dirigentes del partido que lo apoya, quienes de suyo no le han permitido que ejerza el poder en causa propia y en favor de todos los colombianos. Amanecerá y veremos.

Orlando Morales.

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