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Dos cartas de los lectores

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No los olvidemos

Solamente un periódico con más de 130 años de existencia, que ha visto correr mucha agua bajo el puente, que ha sido testigo de todo tipo de regímenes que han gobernado esta nación por más de un siglo, podría presentar, a la altura de los grandes diarios del mundo, una portada de una edición dominical como la del pasado 14 de junio, que, de paso, es una verdadera obra del arte de escritura visual. Un periódico cercano a tres decalustros presenciando la modernidad, la transformación de la sociedad rural a urbana, la perpetuación de castas y desigualdades sociales, los ingentes esfuerzos por encontrar la paz y la convivencia.

Encontrar, entre muchas, la respuesta a los interrogantes que plantea su editorial debe ser producto no solamente del esfuerzo de una sociedad por no olvidar; también, de un reclamo hacia la indiferencia, la pérdida del valor de la vida y la libertad para pensar diferente. No permitir que la magia de las cortinas de humo semanales del actual Gobierno esconda las fosas que están abriendo todos aquellos que han vivido de la guerra, del desplazamiento forzado, del narcotráfico, de la impunidad, de la ineficiencia de la justicia, del enriquecimiento ilícito, para enterrar cada uno de los alcances del celebrado Acuerdo de Paz.

Saber que aún existe una voz que grita en ese desierto de indiferencia es un bálsamo diario para mirar con otros ojos y bajo otras ópticas la otra Colombia. Qué orgulloso me hace sentir todos los días ser suscriptor de esa “inmensa minoría”.

Édgar Fernando Serrano P.

Hipoteca inversa

Algunos críticos, desinformados o por mala fe, se fueron lanza en ristre contra la hipoteca inversa. La tomaron como si fuera una imposición y no una posibilidad para aliviar la pobreza oculta o manifiesta de los propietarios mayores de 65 años.

Todos, proponentes y críticos, han olvidado un asunto fundamental: no es solo un problema económico, que lo es, sino ante todo un problema ético.

Supongamos que existen propietarios con herederos, pero sin ingresos. Tendríamos, entonces, unos herederos indolentes que solo esperan la muerte del propietario para, como aves de rapiña, caer sobre la herencia. Dejaron morir al pobre viejo en la inopia. ¡Por qué habría de dejarles herencia!

Ahora supongamos que existen propietarios sin herederos y sin ingresos. Tendríamos, entonces, un viejo que se muere habiendo sufrido penalidades o pagando una hipoteca con intereses a veces leoninos. El Estado o los acreedores se quedan con el bien.

En estas dos situaciones las hipotecas inversas son éticamente ventajosas para los adultos mayores que carecen de ingresos para su supervivencia.

En el caso de propietarios con ingresos, es la libre elección, más que la necesidad la que impera.

Ramiro Restrepo Uribe.

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com

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