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Dos cartas sobre la Ruta del Sol y la descolonización

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Un recorrido por la Ruta del Sol

Hice un viaje Bogotá-Barranquilla ida y vuelta por la Ruta del Sol. En sectores de Cundinamarca y Boyacá las vías están en pésimo estado, muchos huecos, con una señalización que indica 100 km por hora, terrible para encontrar un hueco en la mitad de la vía. En el departamento de Santander está pavimentada, pero a un solo carril y cortada en la mayoría de los tramos; en dos kilómetros termina la doble calzada, es la señalización recurrente. En los departamentos de Cesar, Magdalena y Atlántico hay movimiento de tierra y trabajos, e igual la vía está cortada en varios trayectos a un solo carril. Un vehículo categoría 1 paga sumados los dos trayectos $242.800, los ingresos en los peajes son multimillonarios si vemos el tránsito durante las 24 horas, pero tanto tiempo y nada que progresa la obra. Un ciudadano se preguntaría en qué se invierten los recursos del costo de los peajes, qué hacen las concesiones para mejorar la vía. Muy triste que llevemos tantos años esperando esta obra y esté inconclusa, varios gobiernos y nada. Eso sí, está claro que no es culpa de la pandemia ni del paro, es la total inoperancia del Ministerio de Transporte, la ANI y el Gobierno.

Carlos Méndez Tafur. Bogotá.

El nuevo nombre de Colombia

Cuando se dice a descolonizar es a descolonizar… Hay que tumbar estatuas y cambiar nombres donde sea… Como lo plantea el escritor español Ricardo Bada en su columna de El Espectador, entre los nombres a cambiar están el de América y el de Colombia. Se oyen, pues, propuestas. En el primer caso podrían llegar sugerencias como Incaztequia. ¿Qué tendríamos para el segundo, dado que el apellido del Libertador ya está muy ocupado (Bolivia y República Bolivariana de Venezuela)? Algunos pensarán que podría ser Simonia.

Pero, atención, un nombre existe dentro de un idioma y por lo tanto es inadmisible acuñar alguno —como los dos anteriores— en castellano, la lengua que nos impusieron los brutales conquistadores (no importa que la sangre de ellos corra por las venas del 99,9 % de quienes los denigran). En consecuencia, antes de cambiar nombres debemos renunciar al odioso idioma de ese famoso escritorzuelo que soñaba con venir a las Indias a explotar a los indios y violar a las indias. Así que empecemos por el comienzo: ¿qué lengua proponéis, señores descolonizadores —y con cuál escritura— para reemplazar esa fea jerga peninsular que nos obligan a aprender desde chiquitos?

Bernardo Mayorga.

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com

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