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Dos cartas de los lectores

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En honor a Roberto Junguito

El país de los economistas está de luto. Roberto Junguito Bonnet fue el jefe y el maestro de todos nosotros. Hoy un sinnúmero de instituciones, que por lo extenso de su trayectoria no nombro, lo recuerdan con cariño y respeto. A todas ellas Roberto Junguito les imprimió su sello y su carácter de hombre afable y carismático, pero también de hombre riguroso, metódico y analítico. Capaz de navegar sereno sobre los mares de la investigación histórica y, al mismo tiempo, de tomar decisiones en caliente y resolver los problemas como el mejor de los gerentes. Entre los grandes nombres de la tecnocracia en Colombia, sin duda alguna, el nombre de Roberto Junguito figura en los más altos pedestales.

Pocas personas podrán decir como él que lograron todo lo que se propusieron. Una gran herencia nos deja en sus libros y en las políticas públicas que lideró, pero sin duda, en mi caso particular, guardo como lección la siguiente, que resumo en dos valores: trabajo duro y cultivo de las relaciones sociales. Creo que esto resume el rasgo más característico de su personalidad. Descanse en paz.

Hernando Rodríguez

Sobre una columna

Hace tiempo que he tenido ganas de replicar a alguna columna del señor Mauricio Botero y creo que la titulada “Ignorancia, pobreza y fanatismo” lo merece. Soy hijo de la educación pública en Colombia, tanto a nivel básico como superior. Además, mis padres son docentes, adscritos a Fecode —el gremio menospreciado por Botero—. Gracias a este gremio, a los docentes que lo representan y, cómo no, a los programas brindados por el Estado, tengo la capacidad de discernir entre una opinión y un dato, al igual que soy capaz de definir una postura política de manera autónoma. Y como no soy un borrego, puedo disentir de su postura y asegurar que nunca recibí adoctrinamiento, sino más bien una formación que me permite hoy ser alguien crítico pero respetuoso con aquellos que obran diferente a mí. Varias veces, este columnista ha faltado a la verdad, como cuando dijo que los nazis y socialistas tenían el mismo origen, o cuando planteó que los intelectuales en Estados Unidos que firmaron una premisa en contra de la censura estaban quejándose de la izquierda radical. Ni que decir del término “populismo”, que está tan de moda, pero que Botero maneja como sinónimo de izquierda, sesgando claramente el concepto y no mirando hacia el país del norte o más cerca aún, hacia El Ubérrimo. Es hora de elevar la calidad del debate.

Edgardo Marbello-Santrich. Normalista, ingeniero de la UN.

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