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En la página de opinión de El Espectador aparecen pensamientos para compartir; me interesa leerlos y meditar sobre su mensaje, “leer y releer esos proverbios de variado origen” como diría Julio Gonzales del Solar a Agop Karagozian. Uno de ellos dice: No preguntes al médico sino al enfermo.
Los progresos tecnológicos de la medicina moderna empiezan a finales del Siglo XVIII y continúan hasta nuestros días. El médico general en esos tiempos pretéritos buscaba aliviar al paciente, lo confortaba, bien fuese en su residencia o en el consultorio; la relación médico-paciente, con la aparición de los especialistas, modificó los esquemas del diagnóstico clínico y el tratamiento y así la tecnología electrónica y la inmensa cantidad de exámenes de laboratorio ha disminuido la calidad del médico y además ha cambiado al médico en sub-especialista que no sabe sino una pequeñísima parte de su profesión: se ha convertido en una pequeña ínsula de conocimiento; debería exigirse que en los servicios de salud no se derive a un paciente a diferentes especialistas cuando puede ser tratado por un buen clínico general, y que no rote por diversos especialistas para cada uno de los cuales el paciente es un simple anónimo. En el año 2000 una película que dio mucho que hablar fue la descripción del médico Hunter Adams, que cambió el postulado de las Escuelas de Medicina de los Estados Unidos con esta frase: “El arte de la medicina consiste en mantener al paciente alegre, mientras la naturaleza sana”. La deshumanización de la medicina está en su apogeo. Sin embargo, la educación sobre salud también debería ser inculcada a los niños, pues los hábitos de salud dependen de cada individuo: Aprender cómo cuidar que la alimentación sea saludable, el ejercicio físico, el mantenimiento del peso corporal, el desechar los vicios como el tabaquismo, el alcoholismo y la droga enseña la ayurveda, ciencia milenaria de la salud en la India.
Repetidos editoriales, anti editoriales sobre medicamentos de altísimo costo se han publicado en El Espectador en las últimas semanas. Uno en especial, el Imitinib para el tratamiento de la leucemia mieloide crónica, ha sido el motivo de estos escritos. Las casas farmacéuticas propenden por mantener los altísimos costos alegando su inversión en el desarrollo de estos medicamentos. Otro es el fiblanserin, que causó revuelo y motivó el editorial “Del placer y la libertad” y una carta de lector del sexólogo Germán Ortiz Umaña, quien señala errores en la apreciación de la libertad sexual femenina.
Es preciso cambiar totalmente nuestra actitud, crear una sociedad de mutua ayuda que involucre al médico, al paciente, a su familia y a todo el personal que labore en salud, comenzando por pagar salario a los jóvenes “médicos internos y residentes explotados”, como lo señala Claudia Morales en su columna del viernes 4 de septiembre de 2015.
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