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Editorial, oposición y una propuesta

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Editorial, oposición y una propuesta

Durante estos convulsos tiempos, El Espectador ha dado copiosas muestras de sindéresis periodística, como con su último editorial ‘¿Vivo o muerto?’, del cual destaco el final: “(…) los conflictos de ética pública en un Estado de derecho se resuelven no con las convicciones personales, sino con la aplicación estricta de los principios constitucionales”. Mortifica que hoy tantas personas desoigan tal noción, tanto como horroriza que la fiera terquedad de la insurgencia condujera a que millones de colombianos validen un triunfo a cualquier precio sobre los compatriotas extraviados (guerrilleros y todo, pero eso son), incluso premiando millonariamente a algunos asesinos por asesinar a otros asesinos. Trátese de cortar manos, o cabelleras, de cazar cabezas, o de comer del muerto, cuando lo metafórico deviene real y la sanguinaria tradición amenaza superar la ficción se requieren admoniciones reposadas y enérgicas como las del citado editorial, o las presentadas, en la misma edición, por Álvaro Camacho Guizado en la columna ‘El premio a la barbarie’.

Por la advertencia que entraña contra la demencia que nos acecha, hay una consideración de Camacho Guizado que resalto intranquilo: “(…) se está bordeando un abismo moral y de intolerancia que si no se frena se puede traducir en barbarie. Ya no es sólo la creciente dificultad de buscar una solución negociada al conflicto: ahora la solución es la eliminación física del enemigo”. Tal pasaje merece doble eco, primero porque fuera de solaz e inspiración permanentes, años de relación con la centenaria escuela informativa instaurada por don Fidel Cano me enseñaron, como a muchos lectores, a salvar la obviedad en pos de conexiones y soluciones poco evidentes; y segundo, en cuanto miembro de ese 16% de colombianos que no consideramos traición a la patria discrepar con lo dispuesto por Álvaro Uribe Vélez (ni siquiera tras la muerte de ‘Reyes’) pues, como hiciera J. William Fulbright, senador estadounidense entre 1945 y 1974, refrendamos nuestra libertad para apartarnos del unanimismo sin pensar que haya nada peligroso o ilegítimo en “honestas diferencias de opinión honestamente expresadas por personas honestas”.

A estas alturas, y con el 84% de los colombianos validando su gesta, es imposible desmentir la inmensidad del liderazgo de Uribe, los hechos han desengañado a todos aquellos quienes concebíamos las mayorías como esclavas inconscientes de la propaganda: ese nunca fue el caso, su decisión es consciente. No obstante, a medida que la favorabilidad del Primer Mandatario tiende al 100% emerge la paradoja: en el consenso total desaparece la democracia cuyos pilares son la diversidad y la pluralidad; máxime con lo acontecido tras la marcha del 6 de marzo, cuando algunos ‘ultrauribistas’ demostraron su deseo de instaurar un totalitarismo feliz mediante la amenaza y la intimidación.

Entre ser ciudadano y responsable, y ser ciudadano irresponsable hay una sutil diferencia. Consciente de ella hago mis mejores votos porque: 1. Las Farc depongan pronto las armas, 2. Cese entre nosotros la ‘enconomía’ (como denomino a la administración del odio) pues toda victoria será parcial mientras se convierta al otro en ‘el ogro’. 3. Perdamos pronto la guerra (no militarmente, claro está, sino extraviada a la vera del sendero histórico) para olvidar que alguna vez existió y reinventarnos como nación, y 4. Se contemple una alternativa a la re-reelección con perspectiva de género. La idea sería modificar la Constitución e instaurar la alternancia de los sexos en el poder. Muchos encontrarán antidemocrático el asunto, pero yo lo considero la posibilidad de adelantar a Colombia entre las naciones mediante la validación positiva de la diferencia entre mujeres y hombres, imposibilitando además, y para siempre, las reelecciones inmediatas de cualquier tipo. Vale la pena estudiarlo.

Alfredo Gutiérrez Borrero. Bogotá.

De Padilla

Comparto plenamente el tenor de la columna de opinión de Alejandro Gaviria, publicada en El Espectador de esta semana, titulada “Virginio Rognoni”.

Tengo la firme convicción de la razón de sus argumentos, lo cual he plasmado de forma clara y contundente en el Plan de Guerra ‘Consolidación’, que reemplazó al Plan Patriota, en 2006, y que es el documento rector para la campaña militar que las Fuerzas Militares conducen y ejecutan contra el narcoterrorismo. En tal documento se deja consignado que la legitimidad es el centro de gravedad estratégico de las Fuerzas Militares, la cual sólo se obtiene actuando con eficiencia y transparencia, es decir, con toda la contundencia del poder de una fuerza militar, pero con el riguroso cumplimiento de nuestra Constitución y la ley.

General Freddy Padilla de León. Comandante General de las Fuerzas Militares. Bogotá.

Reconfortante

En medio del odio que estimula las atrocidades que continúan pasando en Colombia, con aparente beneplácito de la mayoría de los medios y de la opinión publica, reconforta leer sus editoriales y muchas de sus columnas de opinión, porque le permiten a uno, en medio de la tristeza por su país y por mucha de su gente, tener la esperanza de que la decencia y el valor que quedan permitirán, algún día, conseguir la paz y comenzar de nuevo la creación de una Colombia acorde con los principios de la civilización. Viviendo en el exterior, es el único medio que uno puede mostrar a los extranjeros para que no piensen que Colombia está perdida del todo. Felicitaciones y los acompaño íntegramente en su esfuerzo por mantener encendida una luz de verdad y de independencia.

Iván Nicholls. Washington.

La enseñanza

Salomón Kalmanovitz hace referencia con gran precisión a la enseñanza de la economía en Colombia, (El Espectador, edición del 16 al 22 de marzo de 2008), análisis bastante próximo a otras disciplinas, como es el caso de la ingeniería.

El pregrado se ha convertido en un peldaño debilucho hacia el posgrado, tan deficiente como el primero en no pocos casos. El ingeniero o el economista u otro profesional, cuando reciben su título, a decir verdad, escasamente sabe leer o escribir y está lejos de una formación integral a la altura de un profesional de verdad, con desconocimiento casi absoluto de historia, geografía, lengua castellana y, peor aún, de la problemática política del país y del mundo. Qué no afirmar de la pobreza en materia de lenguas foráneas, y de su extrema debilidad como ser humano en aspectos éticos y morales.

Una educación básica de verdad es el punto de partida si se piensa en profesionales superiores de calidad; lo cual no deja de lado en forma alguna la posibilidad de contar con técnicos y tecnólogos de verdad, que el país tanto requiere, y no con simples hacedores de oficios.

Ahora que ha concluido tan espectacular festival de teatro al alcance de todos los bolsillos, es válido afirmar que todos sin excepción debemos aprender a leer, si por algo se desea comenzar, y no simplemente conformarnos con telenovelas de dudosa calidad, lo cual en manera alguna debilita la posibilidad de contar con una televisión y medios de comunicación que conduzcan a una sana y justa información y esparcimiento, a partir de la premisa de la formación integral de la persona.

Antonio José Marulanda. Bogotá.

La cultura

Los artículos de Cristina de la Torre le ofrecen al lector puntos de vista críticos y plurales sobre las realidades nacionales. Ocupándose en ocasiones de temas políticos, o como en su pasada columna, de temas culturales, nos brinda espacios de reflexión que trascienden la coyuntura, por muy urgente que ésta sea.

Sus artículos nos recuerdan la ausencia de las columnas de Marianne Ponsford. Quisiera insistir en lo “necesarios” que son los artículos y las notas culturales. Muchos seguimos evocando el Magazín Dominical (y de hecho, en algunas librerías de “segunda mano” en el centro, aún veo personas que buscan viejos ejemplares) y apoyaríamos su reaparición, así como la reconversión de El Espectador en diario. Por sus páginas pasaron Borges, Kundera, Deleuze, etc.

Quisiera por esta vía convocar a lectores más o menos desprevenidos y “desprendidos” que se interesen en temas culturales, y proponer una convocatoria por un nuevo Magazín Dominical. A lo mejor con una buena recolección de firmas, convencemos a El Espectador.

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Carlos Cazagemas. Bogotá.

El centenario de H. Téllez

El 22 de marzo se cumple el centenario del nacimiento del escritor colombiano Hernando Téllez, el crítico literario y ensayista más importante de su época. Formó parte de la generación denominada ‘De los Nuevos’, a la cual pertenecen igualmente personajes de la importancia de Alberto Lleras Camargo, Jorge Zalamea y Abelardo Forero Benavides, entre otros.

Publicó ocho libros, entre los que se cuentan Diario, Inquietud del mundo, Literatura y sociedad, Confesión de parte y Cenizas para el viento y otras historias, libro de cuentos y el más conocido de su producción literaria.

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En el prólogo del libro Confesión de parte, dice Alberto Lleras Camargo: “Ahí está, en este libro, colección no antológica de sus últimos escritos, para comprobar, en una sola y ancha ojeada, que difícilmente hay otro autor en nuestra literatura dueño de una más límpida, sonora y brillante herramienta para transmitir y verter con largueza el refinado producto de su sensibilidad y del estudio… Si Téllez solamente fuera, como posiblemente lo es, el mejor artesano de las letras colombianas, no sería, sin embargo, tan importante como es por las ideas que transmitió, sugirió, dejó pasar, trató de ahondar y sacar afuera, sacudiendo las tímidas raíces en el aire”.

Asimismo, en el prólogo de Textos no recogidos en libro, escribe Juan Gustavo Cobo Borda: “Téllez era ya un crítico: alguien que ama la contradicción. Sólo un crítico, a pesar de su errada pretensión de ser también un cuentista; y un cuentista, por más señas, de la violencia colombiana. Mente ágil, enemiga de los sistemas; una prosa tersa; una cultura sólida, hecha de relecturas… Téllez no creía en nada de eso: ni en el rigor académico, ni en la elegante sobriedad; ni en la dorada mesura de nuestros escritores. Comprobaba, sí, su ignorancia, su carencia de sentido de las proporciones, la irremediable mediocridad de sus productos, hasta el punto de afirmar, tajantemente, él, que sólo hablaba con guiños: ‘A mi juicio, el siglo XIX colombiano no deja viva una sola influencia literaria o artística’ ” (Literatura, Bogotá, 1951, pág. 59).

Hernando Téllez C. Bogotá.

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