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Ejército y Policía: ¿cómo los forman? (y un homenaje de despedida)

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Cada vez que se presentan escándalos relacionados con violaciones y maltratos a mujeres, adolescentes, niños o ancianos surge la misma pregunta: ¿cómo forman y educan a las Fuerzas Militares, a la Policía y a las agencias de seguridad del país? ¿Quiénes son sus profesores, guías y entrenadores?

¿Entre el cuerpo docente, además, obviamente, del militar y/o policial, hay mujeres? Y si las hay, ¿qué les exigen a ellas, cómo lo asumen? ¿Cuál es el plan de estudios para quienes aspiran a salvaguardar la patria y proteger a sus ciudadanos? Hay más preguntas y más inquietudes.

La conclusión que se saca, después de ver y escuchar casi todos los días tamañas aberraciones de los hombres de la base militar o de los policías, es que si el resultado son violadores, torturadores o ladrones, sus profesores dejan muchísimo que desear.

Los militares y policías de alto mando que insultan las 24 horas del día a sus hombres, que humillan todo el tiempo a los aspirantes a soldados, cadetes o policías, que se burlan permanentemente de las falencias de quienes tienen que formar, que gritan a todo el que se le cruce en el camino, incluidas las mujeres, no pueden sacar unos soldados valientes, unos policías responsables. Es bastante difícil que de allí salgan unas buenas personas.

Por supuesto, habrá excepciones.

El Ejército colombiano y la Policía Nacional necesitan con urgencia revisar su estilo de formación.

Si enviarlos al exterior a que aprendan cómo los policías blancos de Estados Unidos asesinan de frente a hombres y mujeres de raza negra, de verdad, estamos peor que en una pandemia.

De aquí a unos cinco o diez años todo este panorama deberá cambiar.

Si me permiten un pequeño paréntesis: falleció en la ciudad de Pasto Luis Eduardo Córdoba Barahona, juez de la República, exgobernador, exsecretario de Educación departamental, concejal, diputado, representante a la Cámara y senador.

Un servidor público pulquérrimo y un ciudadano en toda regla, como poquísimos en este país.

Jamás, en su larga trayectoria política, se le pegó un centavo, por eso nadie lo señaló nunca en vida y ahora muchos resaltan su transparente vida pública.

Me siento orgullosa de ser su hermana.

¿Cuántos parlamentarios de ayer y de hoy pueden decir lo mismo?

Ana María Córdoba Barahona. Pasto.

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com

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