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Gracias por el artículo “Hegemonía, saberes ancestrales y política: el debate que nos puso a hablar de ciencia”, en El Espectador (pp. 16-17, 24/07/22). Un debate que en Colombia, al menos hasta ahora, no se había dado públicamente y que en algunos países europeos y Estados Unidos lleva años. Aquí ha permanecido en los ámbitos de algunas facultades de unas pocas universidades (El Bosque, los Andes, la Universidad Nacional, la del Valle, la de Antioquia y otras). La ya vieja tradición del positivismo comtiano (que sacraliza las ciencias llamadas “duras”) sobrevive solo entre los burócratas de la ciencia y los autoproclamados “científicos” de los países periféricos. Si se tomaran una temporada para estudiar las nuevas corrientes y escuelas de estudios sobre las ciencias se encontrarían con un paquete de disciplinas ya maduras y ricas en planteamientos y sofisticaciones, que se engloban bajo la denominación de Estudios Sociales de Ciencia y Tecnología (SSST, en inglés), con planteamientos teóricos y resultados esclarecedores, y, claro, también discusiones y nuevas formulaciones que demuestran que esas ciencias “duras” no son verdades reveladas, sino el producto de acciones humanas inscritas en marcos sociales y culturales dados, que están sujetas al error, además de estar cruzadas por intereses económicos, políticos, ideológicos, etc., y que tienen cruces interesantes y hasta benéficos con formas de conocimiento vernáculas y tradicionales. Ya la vieja epistemología inscrita en la filosofía de la ciencia y el conocimiento en general lo había venido demostrando. Para ilustrar esta proliferación van unas etiquetas: Escuela de Bath, Escuela de París, Escuela de Edimburgo, Programa fuerte de Sociología del Conocimiento, Ciencia e Imperio, Estudios Feministas de Ciencia, etc. Y qué bien les vendrían algunos de estos trabajos a quienes se forman en carreras de ciencias duras. También les serían muy provechosas las historias de las ciencias en sus pénsums académicos. Pero incluso en el ámbito nacional encontraríamos autores ya consagrados que trabajan dentro de estos nuevos parámetros. Me permito citar dos nombres, a manera de ilustración: el pediatra e historiador Emilio Quevedo Vélez (actualmente en la Universidad del Rosario) y el filósofo e historiador Mauricio Nieto Olarte (Universidad de los Andes), pero son muchos más.
Finalmente, en aras de la convivencia y la ética científica, habría que aclararle al señor Héctor Abad Faciolince que lo que él llama ataques, que encuentra en el documento del Pacto Histórico sobre la ciencia y en la polémica con el ligero e ideológico comentario de Moisés Wasserman a dicho documento, son planteamientos epistemológicos, sociológicos y antropológicos legítimos. Hay que recordar que “errar es humano”, también en Ciencia, así se escriba con mayúscula, y que “la ignorancia es atrevida”, incluso en la gente culta y muy “científica”.
Néstor Miranda Canal.
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