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El nuevo colonialismo

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A la par de ocupaciones e invasiones, las grandes potencias están utilizando sutiles mecanismos de dominación que, en su aparente noble finalidad, parecen blindarlos de cualquier cuestionamiento.

Pero lo paradójico del hecho es que son precisamente los países colonizadores y expoliadores, autores de masacres y genocidios como los cometidos contra muchos pueblos de Asia, América y África los que ahora fungen como los paladines de los derechos humanos y de la democracia en el mundo, por lo que prevalidos de su posición dominante, constriñen a los países subordinados a acatar sus mandatos, adoptando la clásica actitud de los amos que imponen a sus vasallos normas y reglas que ellos no cumplen. En este sentido, lo del TLC resulta vergonzoso porque no obstante de considerarse Colombia su principal aliado, los EE.UU. han venido sometiendo al Estado colombiano a un trato humillante, ya que con el pretexto de proteger los derechos de nuestros trabajadores (lo que los impulsa en el fondo es atender los requerimientos de sus sindicatos), no sólo se han negado sistemáticamente a aprobarlo sino que, haciendo ostentación de su poderío y de un inexistente humanitarismo, le han impuesto a nuestro país una serie de compromisos en el terreno laboral, sindical y de la administración de justicia contenidos en el llamado Plan de Acción, el cual nuestro Gobierno ha venido ejecutando al pie de la letra. Pero lo lamentable es que sea la potencia norteña la que nos obligue a hacer efectivas unas medidas que nuestros gobiernos han debido tomar desde hace tiempo sin esperar presiones externas, no sólo porque son justas sino porque muchas de ellas están consignadas en tratados internaciones y cuyo cumplimiento habían demandado varias organizaciones sin obtener resultado alguno. En estas condiciones, el Estado colombiano a más de dar otra muestra de sumisión, está implícitamente reconociendo las fallas de nuestra justicia y la falta de protección de los derechos de nuestros trabajadores. Sin embargo, el presidente de una de nuestras centrales obreras que suena para ministro del Trabajo, dio su apoyo incondicional a dicho plan sin formular la menor crítica ni a la inacción gubernamental ni a la prepotencia con la que han actuado los EE.UU.

Así las cosas, el gobierno Santos, no obstante sus innegables logros en materia diplomática y de apertura comercial, ha persistido en la misma postura obsecuente ante la Casa Blanca que, como en el caso de las drogas, obligan a Colombia a pagar un elevado precio en vidas y en ingentes prejuicios de orden económico, ético e institucional.

 Pedro M. Ospino A. Bogotá.

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