Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Las instituciones de educación superior que tienen programas presenciales superaron con creces uno de los retos más importantes de su historia al cumplir su función de formar profesionales con calidad de manera remota. Fueron prácticamente dos años de uso de tecnologías para apoyo a la docencia, en los que surgieron experiencias que fortalecieron la labor docente, pero también sirvieron para identificar por qué es necesaria la presencialidad. Esas herramientas útiles deben continuar para dar paso a una verdadera flexibilidad principalmente de las necesidades, la ubicación y los tiempos de aprendizaje de los estudiantes.
Ahora las acciones se concentran en recuperar el interés de los universitarios en las clases presenciales, reactivando el debate académico rostro a rostro en el aula, apoyados en la utilización y diversificación de las estrategias de enseñanza y aprendizaje, privilegiando sesiones prácticas. Por su parte, desde lo institucional se debe apoyar e innovar siendo disruptivos con el desarrollo de actividades extracurriculares propuestas y creadas en comunidad, aprovechando que en 2022 hay primíparos que están hasta en quinto semestre, que le permitan al estudiante vivir una verdadera experiencia universitaria que complemente y enriquezca su formación desde lo ético, político, cultural y humano, para que en su desempeño profesional aporte constructivamente al progreso del país y al mejoramiento de la calidad de vida de sus habitantes. Además, se deben continuar los innovadores proyectos de uso y apropiación de las tecnologías de la información en la docencia, para lo cual es requisito contar con una infraestructura tecnológica adecuada asociada a una transformación digital.
Hay que pasar rápido esos momentos oscuros de las clases universitarias virtuales, cuando el profesor interactuó con el abecedario de los perfiles de los estudiantes sin conocer sus rostros (otro ambiente hubiese sido en el mundo del metaverso) y el micrófono se activaba para exponer las constantes razones de los impedimentos para cumplir en lo académico, como por ejemplo: “Voy en el transporte, profe”, “acabo de salir del trabajo”, “está lloviendo y el internet se cayó”, “no escuché cuando dejó la actividad”, “la plataforma se me cerró antes de la hora acordada”, “yo lo envié pero no sé por qué no me cargó”, “lo había cargado pero se me olvidó darle enviar” y, finalmente, “ábrame otra vez la plataforma, profe”.
Esta experiencia intermedia entre lo presencial y lo virtual que vivieron los actores de la educación superior también debe llevar a la reflexión de lo que puede estar sucediendo en los programas académicos que se ofertan en modalidad virtual y sus aspectos de calidad, en la que se deben continuar esfuerzos para garantizar un banco suficiente de actividades de aprendizaje que no faciliten la herencia de trabajos académicos de unos estudiantes a otros a través de portales de tareas, que el estudiante sienta interés y expectativa por el encuentro sincrónico y por consultar y explorar los recursos bibliográficos, que realice la ruta por la temática del curso de forma completa, profunda y ampliada, que experimente situaciones prácticas de su carrera y que tenga la capacidad de exponer sus puntos de vista con construcciones sólidas y argumentadas.
Es un momento crucial para recobrar el papel de la universidad en su diferencial de ofrecer formación integral, en tiempos en que se vaticina que su futuro es desaparecer.
Javier Barajas. Docente universitario.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com