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¡Quién iba a pensar que las ardientes y resecas arenas de Palestina se iban a convertir en lo que es hoy el floreciente y fructífero Israel! Desde antes del 14 de mayo de 1948, cuando las Naciones Unidas votaron por la creación del Estado de Israel, ya algunos descendientes de Abraham, Isaac y Jacob, que sentían la necesidad de regresar a la tierra de sus antepasados, comenzaron a emigrar y a trabajar la arena para convertir el desierto en una nación floreciente y próspera.
Pero no existe felicidad completa; sus vecinos no los quieren y han procurado por todos los medios su destrucción. Les ha tocado dormir con un ojo abierto y construir refugios para protegerse de los ataques de sus enemigos. Recordemos los ataques malintencionados de Sadam Hussein, con cohetes que buscaban destruir algunos puntos escogidos del país de Israel, con el fin de buscar el apoyo del mundo árabe cuando invadió el Estado de Kuwait y los países de Occidente salieron en defensa de este pequeño país petrolero.
Con la actual guerra civil que se desarrolla en territorio sirio, hay peligro latente de un posible ataque a Israel, pues el pretexto inmediato para buscar solidaridad en el mundo árabe es atacar a Israel de palabra u obra. Es abierta la hostilidad verbal que manifiesta el presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, tanto que lo ha declarado públicamente haciendo un llamado a sus hermanos musulmanes diciendo que el pueblo de Israel no debe existir. Los ayatolás iraníes son sus impulsores y en sus escritos se encuentra su fundamentalismo político.
Ahí tenemos el caso, por ejemplo, del atentado en Beirut (Líbano), donde hubo varios muertos y muchos heridos e inmediatamente el primer ministro de Irán manifestó que ese ataque provenía del lado de Israel. Es evidente que busca y le conviene que los países árabes entren a condenar a Israel y de paso desviar las pavorosas masacres que está cometiendo el gobernante sirio, Bashar al Asad, contra la indefensa población civil de Siria.
Luis Castellanos García.
Bogotá.
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