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Antes de 1943, en Colombia no existían los términos ‘abogada’ ni ‘jueza’. Tras graduarse de Derecho en la Universidad Externado, Rosa Rojas Castro, con el respaldo de tres de sus profesores, demandó ser llamada con estos títulos en su forma femenina, desafiando una tradición que invisibilizaba el rol de las mujeres en la justicia. Rosita Rojas, como cariñosamente la llamamos los y las profesionales del derecho, con su acción no solo cuestionó el lenguaje, sino que abrió un camino para las futuras generaciones que, como ella, contribuirían a la transformación de la historia del derecho en nuestro país.
En los últimos años, ha sido notoria la participación femenina en los espacios académicos y profesionales de la ciencia jurídica. Cifras expuestas por el Registro Nacional de Abogados y la Corporación Excelencia en la Justicia reconocen que el 46% de profesionales en derecho somos mujeres. Después de casi 82 años de haberse graduado la primera abogada en Colombia, podemos observar un escenario alentador y apreciar los avances obtenidos gracias a las voces de mujeres que se han expresado a través de su inteligencia, compromiso y tenacidad.
Con cada paso, las abogadas hemos ido conquistando un lugar importante en la administración de justicia. Mujeres como Berta Zapata Casas, primera abogada de la Universidad de Antioquia y primera magistrada de la Corte Suprema de Justicia; Aydée Anzola Linares, primera consejera de Estado; María Teresa Garcés Lloreda, constituyente del 91; y María Victoria Calle Correa, primera presidenta de la Corte Constitucional, han sido pilares que, con su dedicación y valentía, cimentaron un espacio que refleja nuestra capacidad para transformar el sistema y avanzar hacia una justicia más equitativa.
En este recorrido, quiero centrarme brevemente en una de las mujeres mencionadas, que sigue siendo un referente para muchas abogadas: Aydée Anzola Linares. Su legado perdura como un ejemplo vivo del valor y la fortaleza de las abogadas en Colombia. Aydée, además de su ejemplar carrera como jurista emérita, fue una sobreviviente de la toma del Palacio de Justicia en 1985, un episodio que marcó su vida y su obra. Su lucha inquebrantable por los derechos civiles y políticos de la mujer sigue siendo un pilar fundamental en la historia de nuestro país. Fue una de las principales voces en la creación de nuevas oportunidades para la participación y reivindicación del papel de las mujeres en la sociedad. Su vida y su obra continúan inspirando a todas las que soñamos con dejar una huella en la justicia, la equidad y la igualdad.
Hoy, más que nunca, nuestra presencia en el ámbito judicial es un símbolo de que, si bien la lucha por la igualdad y la justicia no ha terminado, la dirección es clara: hacia adelante, con determinación y sin rendirse.
María de los Ángeles García Peña
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