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Empatía con nuestra cultura

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Como familia integrada por padre, madre y cuatro hijos (entre jóvenes y niños), hemos tomado la decisión desde hace unos 10 años de recorrer toda Colombia. Para los miembros jóvenes que están en la universidad, el conocimiento y la vivencia de la amplia diversidad y hermosura biológica, topográfica, cultural, gastronómica y musical de Colombia han sido una fortaleza y una motivación para sacar adelante sus proyectos universitarios pensando con identidad y arraigo por lo nuestro; a los más pequeños los ha fortalecido en asignaturas como Historia y Geografía.

Esta introducción pretende dar testimonio de que, más allá de muchos clichés sobre lo que es Colombia, como grupo familiar estamos convencidos de la inmensa riqueza y deficiente valoración en que la tenemos.

Leyendo el libro Colombia, donde el verde es de todos los colores, del escritor William Ospina, he encontrado una concienzuda reflexión sobre la complejidad que implica ser colombiano por la falta de identidad con nuestras raíces culturales y genéticas desde lo indígena y lo afro, herencia que ha sido consistentemente rechazada, y por la sobrevaloración y el arraigo en la cultura europea. Olvidamos y negamos lo que nos hace especiales, esa mezcla de etnias y culturas, climas y accidentes geográficos, de ríos, selvas y mares, que se han manifestado en una inmensa riqueza representada especialmente en las expresiones artísticas, en los maravillosos escritores que han plasmado nuestra cultura, en los prodigiosos músicos y pintores que nos han regalado toda su creatividad y la preciosa, rítmica y elaborada música; manifestaciones que han tenido influencia de todas las culturas y nos dan la característica y condición única de ser colombianos.

Nuestro último viaje fue un recorrido desde el Quindío pasando por el próspero y agroindustrial Urabá, el exuberante Caribe chocoano, las tranquilas playas de Coveñas, los hermosos atardeceres de Tolú y el candente ritmo caribeño de esta antigua ciudad, los elaborados bordados en caña flecha de Tuchín (Córdoba) y su magno representante: el sombrero vueltiao, el espectacular árbol de Navidad de sombreros vueltiaos exhibido en Sincelejo, el idílico tránsito de Magangué a Mompox y los larguísimos puentes que se extienden por el amplio río Magdalena y nos insinúan ese mundo de aguas que es la gran Mojana sucreña, con su infinita y extasiante secuencia de aguas y bosques, de verdes de todos los tonos. En este recorrido vivenciamos de muchas maneras esa riqueza, pero solo tuvimos un choque cultural en un restaurante llamado El Fuerte San Anselmo, en Mompox, ya que se nos hizo extraño y hasta indignante que en este sitio a orillas del río Magdalena solo ponían música clásica. Al solicitar si era posible poner algo más acorde a nuestra cultura, la respuesta fue que el dueño era europeo y solo permitía escuchar su música.

Mario Alberto Rojas Ospina. Armenia.

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