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¿Es en este Apocalipsis light, colmado de sueldos escandalosos, en el que debemos ser justos, debemos ser observadores responsables de lo que nunca seremos? Estamos cercados por los ídolos, lo que implica demasiada negación, puesto que un ídolo es una huida, la libertad de los trucos. A la par del barullo frente a una celebridad corre lo que es necesario callar para que el altar no flaquee. Y lo que se calla es lo que debería gritarse.
Ahí está Messi (el ‘messías’ porque es el que más gana), tan distante, tan perfecto en su inmortalidad FIFA. ¿Es obligatorio llenarlo de millones porque juega bien al fútbol? ¿Qué es jugar bien al fútbol? En la industria, creo, es cerrar los ojos y no ver el mundo tal como es. Yo me quedé en el romanticismo de alguna frase de Camus: “Porque después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”. Ya no aplica. Ningún hombre tendría que salvarse utilizando la ceguera de la muchedumbre, pero sucede. Lo hacen aquellos que irresponsablemente reciben estruendosas cantidades de dinero a cambio de ser penetrados siempre por la dictadura de los derechos, ya que es un derecho el trabajo y convenir un salario. Pero los derechos se convierten en actos de dictador cuando llevan al distanciamiento entre los hombres, cuando son la excusa de los elegidos. Sin embargo, hay que soportarlo, hay que ser demócratas con toda la derrota que ello significa. No se puede obligar a Messi a que deje de ser él, no se puede hacer saltar sus cuentas bancarias por los aires, no hay que partirle las piernas. Lo que nos es posible es subvertirlo, volver al goleador contra sí mismo. Se logra memorizando su cara de ratón de media noche, su sonrisa de calabaza en Halloween. Hay que escucharlo hablar para saber que no es invencible, que es un balbuciente abismal. Se debe entender que los goles son una tregua demasiado festiva, una belleza sujeta a la trampa. Contra los millonarios, los nostálgicos.
Un paseo por las antípodas del ‘messianismo’ es un acto ético, es un NO vigoroso. Una vuelta por las antípodas de todo deporte y todo arte que puedan ser utilizados por la superficialidad del poder. Y si regresamos, pues seamos un público con la señal de haber despertado alguna vez.
Y mientras llega (no llegará nunca) la revolución que consistiría en no comprar boletas para ningún espectáculo durante mucho tiempo, trato de hacer mía, no creo que lo consiga, la respuesta de Roberto Bolaño cuando le preguntaron de cuál equipo era hincha. Contestó: Me gustan los equipos que descendieron a segunda división, a la tercera y a la regional, y luego desaparecieron. Los equipos fantasmas.
Jhon Fuentes. Bogotá.