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Escuchar no es capitular

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A la luz de lo que está ocurriendo con el paro, la pandemia y el medio ambiente, nadie niega que en Colombia se requieren soluciones lúcidas y un liderazgo audaz. Han sido tiempos angustiosos y la angustia no deja pensar con claridad. Damos bandazos y nos vamos a los extremos, sin los matices. En el punto histórico actual de nuestro país, la reputación de una persona que afirma ser de centro es negativa, pues se percibe como carente de carácter. Se asume que tener carácter equivale a mantener posturas fuertes, que no admiten discusión. La práctica del diálogo (y su componente principal, que es la escucha) la entienden los extremos como una debilidad, una capitulación. La capacidad para volver a reflexionar sobre lo que uno atesora como certezas es mirada por los extremos como un punto flaco.

La poca disposición de los extremos a la escucha los lleva a adoptar métodos no democráticos para implementar sus visiones en materia de políticas públicas. Los ejemplos de ambos bandos abundan, incluso en otras latitudes: eximir de impuestos a las empresas más poderosas, expropiar bienes para financiar el populismo. A los extremos les parece peligroso encontrar que, por lo menos en algún punto, el otro tiene algo de razón y que, en consecuencia, lo que corresponde hacer es moderarse. También ocurre que los extremos nunca admiten que se equivocan. Porfían hasta el final para hacernos creer que sus actos, incluso los más desatinados, crueles o estúpidos, tenían una buena razón de ser que los demás no valoran porque no entienden o son de mala fe.

En Colombia, el centro es poco atractivo, tal vez porque nuestra cultura machista ve el liderazgo como una cuestión de guerreros: privilegia el ataque por encima de la colaboración, condesciende con la arrogancia y subvalora la flexibilidad. Si damos por hecho que las próximas elecciones las va a ganar un candidato de los extremos (ateniéndonos a las predicciones de los movimientos pendulares de la historia, probablemente será el candidato de izquierda), quedarán pocas esperanzas de continuar por la senda dialógica y negociada en la que muchos insistimos en creer. Tal vez seguiremos por la ruta de las imposiciones a la fuerza, solo que ahora de otro color. El próximo presidente podría volver a ser un lobo disfrazado de oveja, igual que aquel otro. Una nueva decepción.

Este momento histórico de Colombia requiere de gran solidez en la propuesta de las soluciones sostenibles y equitativas (y no populistas, ya sean de derecha o de izquierda) que sirvan para mejorar las condiciones de vida de los colombianos en el corto y largo plazo, y no para satisfacer las necesidades del ego del caudillo de turno. Barack Obama, en Una tierra prometida, se pregunta si los hechos que forjan nuestro corazón y nuestra mente (como el recuerdo de haber recibido un acto de amabilidad inesperada) tienen un papel más importante del que les atribuimos. Ojalá el próximo presidente sea una persona cuyo carácter no le haga creer que escuchar es capitular.

María Mercedes Correa

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