Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
El problema en las últimas elecciones ni siquiera es la paz o la guerra, sino seguir apoyando una mentalidad mafiosa que se inculcó en la política y en la cultura colombianas o apostarle a la restauración moral de la República, como ya propusiera en su día Jorge Eliécer Gaitán.
La “guerra sucia” de esta campaña política es la confirmación de la degradación ética de una sociedad permeada por un conflicto armado interno de sesenta años y sus efectos colaterales: la deslegitimación de las instituciones y el consecuente descrédito de la clase política, el proceso acelerado de secularización de un país pacato y provincial que se quedó sin normas de conducta ni referentes morales, la entronización del “todo se vale, todo se puede” —es decir, que el fin justifica los medios—, el irrespeto absoluto por cualquier norma de control social y la indolencia frente a la corrupción.
Que la élite política acuda a mecanismos de trasgresión, no sólo de la ley —lo cual ya es punible e inaceptable—, sino que no tenga reparos en considerar “lícito y legítimo” el que se espíe a los simples ciudadanos y a los contradictores políticos es, llanamente, una perversión de lo que en cualquier sociedad moderna se considera correcto y civilizado.
Es aberrante que esta clase de dirigente pase por encima del Estado social de derecho, cooptando las instituciones en beneficio propio, y se muestre poco avergonzada de participar en un contubernio al servicio de las corporaciones y de intereses privados. Más inaceptable aún es que sectores de la prensa colombiana no asuman su papel de veedores éticos de esta enferma y agonizante sociedad y, por el contrario, parezcan entregados con devoción y pasión a exacerbar odios y confrontaciones aupados en una libertad de expresión que les permite manipular a su antojo eso que se llama opinión pública, que no es otra cosa que una opinión inducida a punta de encuestas, entrevistas y tergiversaciones. La prensa también tiene una enorme responsabilidad en esta crisis, a la que no antepone la reflexión seria sino el culto al rating.
El problema de la segunda vuelta no es la disyuntiva de elegir a Santos o a Zuluaga; es el imperativo moral de apostarle a la concordia y la reconciliación, a la reconstrucción del tejido social, a una política de pedagogía en valores que priorice la convivencia ciudadana, el respecto a la norma, a la construcción de la paz, o seguir cayendo por el abismo de la degradación ética.
Bernardo Vasco Bustos.
Bogotá.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.