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Decía Luigi Bartolini en su libro El ladrón de bicicletas que “no se trata más, en la vida, que de recuperar lo perdido… La vida es una carrera hacia atrás para perder o morir al final”. Estas palabras, que concluyen la extraordinaria obra del autor italiano, nos recuerdan las labores emprendidas por aquellos seres que buscan algo en la vida: una bicicleta —como el protagonista del libro—, un amor, un sueño, un hijo.
Tal es el caso de Fabiola Lalinde, mujer que se dedicó por entero a la búsqueda de su hijo desaparecido en octubre de 1984. Su caso fue el primero en llegar a la CIDH y la primera condena interncional al Estado colombiano por desaparición forzada. Después de 12 años de intensa búsqueda, encontró a Luis Fernando Lalinde, su hijo, o, mejor decir, sus restos. Luego de figurar como NN, la identificación del cuerpo de Luis Fernando le devuelve su dignidad: la de tener un nombre y ser reconocido como tal.
A un año de su fallecimiento, esta gran heroína se convierte en un estandarte de la utopía. El drama de las madres que no saben dónde están sus hijos es un dolor que atraviesa la sociedad y es un tema del que no se puede hablar sin que caigan unas cuantas lágrimas de los ojos. Y Fabiola Lalinde es el perfecto ejemplo de la madre que busca, espera activamente y ama sin medida.
Madres así son la perfecta encarnación de la paz y la búsqueda de la verdad y la justicia. Desde la época antigua, Sófocles mostraba con su obra Antígona el conflicto de intereses entre el poder y los que lo padecen, entre el individuo y el sistema. El legado que deja Antígona en su deseo de darle sepultura a Polinices muestra la misma intención de tantas madres que esperan saber la verdad sobre las desapariciones y que son el perfecto ejemplo de que enterrar a nuestros muertos no supone ocultar, sino reivindicar. Como decían Jordi Balló y Xavier Pérez: “Solo después de la recuperación del cadáver se puede cerrar el ciclo del odio”.
Cristian F. Ramírez G.
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