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Siempre se ha dicho y eso no tiene discusión: la célula de toda sociedad es la familia.
Si en esa célula el núcleo, que somos papá y mamá, no funcionan, nos llevó “mandinga”.
No es el “tiempo, los tiempos” los que cambian, somos nosotros.
Los que por edad, recorrido y huellas, podemos referirnos a hechos con “edad de oro”, desarchivaremos en ocasiones recuerdos de aquellos “venerables” que fueron nuestros padres, tíos y demás familiares.
En la célula de la familia eran los padres y hermanos mayores a quienes se respetaba.
“Usted sale, pero debe estar aquí por tardar a las 10 de la noche”. “Así, usted no me sale”. Nos trataron con autoridad por amor, y nunca nos hemos lamentado de afectación “sicológica”.
No es que “todo tiempo pasado haya sido mejor”, afortunadamente la célula de la sociedad, aunque con mucha menos tecnología, menos recursos, infundía más valores humanos.
Tenemos que ser conscientes de que los humanos cuando nos juntamos dejamos en claro que podemos ser más peligros que “ratas de alcantarilla”.
Para no ir muy lejos, la humanidad desde 1900 para acá se viene duplicando cada 60 años, lo cual hace que nuestra sociedad, día a día, sea mucho más difícil de “administrar y compartir”; somos esa torre de Babel bíblica que nos enseñaron.
Hoy, Caín y Abel andan por calles y campos, Dios le habla a Caín, pero no vemos ni escuchamos a Adán y Eva.
Gracias a la tecnología la vida se complica, se deteriora y pierde.
La célula de la sociedad conoce que algunos de sus componentes se descomponen, hacen parte de “bandas criminales, fletean, atracan, integran barras de fútbol, llevan a casa dineros peligrosamente adquiridos…”. Sin embargo, el profundo silencio es cómplice y esa complicidad cobarde nos llevará a abismos clarísimos de autodestrucción familiar y por ende social.
Todo en la vida tiene solución, menos la muerte, y la solución a lo que vivimos, sin culpa de “los tiempos”, es la familia.
Sí: papá, mamá, hermanos, tíos… De continuar como cualquier “zoológico”, no sólo quedaremos sin ojos, sino que este paraíso llamado tierra lo convertiremos totalmente en otra Sodoma y Gomorra. No se requiere tener la Biblia a toda hora bajo el brazo o bajo la almohada, pero sí creer en un ser supremo, recomponer nuestra calidad humanística, porque la de animales está sobrada.
No cometamos el error de dejarnos distraer por lo menos importante y trabajemos comprometidamente en equipo.
Gustavo Idárraga. Bogotá.
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