Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Como asiduo suscriptor desde 1963, desde antes de ingresar al Colegio del Rosario en compañía de Héctor Osuna Gil, quiero hacer comentarios sobre un texto aparecido en su edición del sábado 16 de marzo (El Espectador, “La historia de los sastres masacrados por la Guardia Presidencial”):
El 16 de marzo de 1919, supuestamente ocurrió una absurda e inédita masacre en Bogotá. Según la crónica de El Espectador, todo se inició cuando los miles de sastres y confeccionistas de ropa que habitaban Bogotá y los municipios aledaños se rebelaron contra la decisión del gobierno de Marco Fidel Suárez de confeccionar los uniformes de la Guardia Presidencial en los Estados Unidos, previo a la celebración del 7 de agosto de dicho año.
Por tradición militar y afición a la historia de Bogotá, me interesé mucho en la citada crónica, cuya autoría cuasi anónima era de la “Redacción Judicial”. La releí varias veces, consulté Google para ubicar las cifras económicas y las estadísticas de población, el tiempo necesario para confeccionar los benditos uniformes, en Colombia o en el exterior, y ninguna cifra para la época de la historia me cuadra.
Comencemos por el principio, el Batallón Guardia Presidencial, para ese entonces, contaba con tres compañías de fusileros de 120 hombres cada una, una compañía de Comando de 70 hombres y digamos que 30 oficiales y suboficiales asignados a lo que se viene llamando “Casa Militar”; sumemos una banda de guerra y tenemos una cifra exagerada de 600 hombres. No entiendo el cálculo de los 8.000 vestidos que se debían fabricar. Ese número de vestidos se podrían haber confeccionado localmente, más o menos en 60 días, partiendo de su crónica que en Bogotá contábamos con miles de sastres, que por el momento nos limitaremos en llamar “costureros”.
Para llegar a un marco de tiempo, calculemos que las festividades del centenario se iniciaban el 20 de julio; nos lleva a cuatro cortos meses de plazo, contados a partir de marzo, para culminar no solo la negociación, sino la fabricación. Añadamos un factor, quizá desconocido hoy: el uniforme militar colombiano de la Guerra de los Mil Días y la primera parte del siglo XX estaba basado en el francés, lo que hacía un poco difícil confeccionarlo en los Estados Unidos, con sus modelos y colores completamente diferentes.
Sumemos otro pequeño problema, cómo pagar la confección. Nadie se iba a aguantar el fiado de un país que, como bien lo dice su crónica, estaba quebrado hasta cuando nos pagaron los $25 millones de dólares del Tratado Urrutia-Thompson, en febrero de 1914. Un contrato de esa naturaleza, en épocas de las cartas enviadas por barco, podía demorar hasta dos años, había que prepagarlo, y para ese momento de cuatro cortos meses ya se había acabado el tiempo.
En resumen, nada de la historia hace sentido: los 20 muertos, cientos de heridos y más de 8.000 detenidos; mucho menos el término del periodo presidencial de Marco Fidel Suárez, quien según su crónica debió ser sacado a sombrerazos, que duró del 7 de agosto de 1918 al 11 de noviembre de 1921. Todos recordamos que Suárez renunció a la Presidencia porque, siendo un hombre muy pobre, vendía su salario a un banco extranjero, lo cual fue considerado no una libranza como lo llamaríamos hoy, sino una traición a la patria, como se calificó entonces. De haber sido cierta la historia de su crónica, el presidente habría sido destituido, por tarde, en abril del 19 y no como ocurrió en realidad, en noviembre de 1921.
Diego Ernesto Villamizar Cajiao.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.