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Indignación

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Acabo de leer el artículo “La millonaria pensión de Silvia Gette”, del periodista de El Espectador Juan David Laverde, y créame que aumentó aún más mi indignación, pues soy pensionada desde enero de este año, con una miserable mesada, después de haber trabajado duramente por espacio de 34 años, terminando con enfermedad del túnel carpiano en ambas manos, más la ñapa: epicondilitis en el codo izquierdo. Es el colmo que mensualmente mi pensión sea de $1’200.000 y de ahí me descuentan salud.

Además sin derecho a la mesada de prima en junio, solamente la que me darán en diciembre.

Es aquí donde se evidencia la inequidad y la injusticia.

En este momento estoy viendo la instalación del Congreso con tapete rojo y todo, éstos que también reciben unas pensiones que ni para qué hablar.
Y pensar que estoy bregando para poder publicar mi libro de poemas, el que escribí hace algún tiempo y al que agregaré mi última inspiración, Danza de las agujas, en honor a las personas que con sus mágicas manos tejen y cosen nuestras prendas.
Felicitaciones por el artículo.

Gloria Stella Jiménez Rueda. Bogotá.
Dios
Con especial afecto espero El Espectador de los viernes. Su página cultural y el poema que publican me hacen recordar el Magazín Dominical que leía con sed espiritual y romántica desde los años 60. En la edición del 18 de julio publicaron el Soneto a Cristo crucificado, que por tener sentimiento femenino bien puede ser de Santa Teresa. El primer verso lo transcribieron literalmente así: “No me mueve, mi dios, para quererte”, y considero que se incurrió en un error grave al haber utilizado minúscula y no mayúscula para referirse a Dios como sustantivo, ser supremo para las religiones monoteístas. La primera estrofa del poema además es válida para los creyentes de todas las religiones. Dios se presenta en la fuerza espiritual que nos permite obrar de manera superior, a veces sobrenatural, ante la adversidad o el peligro y el cielo como representación del bien, de la bondad, y el infierno como representación del mal, de la maldad, están presentes en todos los credos. Para algunos como realidad después de la muerte y para otros como realidad en el diario vivir. Yo comparto esta última creencia.

Carlos Fradique-Méndez. Bogotá.

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.

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