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¿Inexistencia del centro político?

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En su columna del sábado 21 de noviembre, Mauricio García Villegas, destacado profesor y columnista de El Espectador, se lanzó en contra de quienes, desde la derecha y la izquierda en Colombia, niegan la existencia de posiciones políticas que se ubiquen en el centro de sus extremos ideológicos. La columna no menciona el contexto histórico de la discusión que plantea. Más bien la retrotrae a situaciones propias de la Guerra Fría. En Colombia, la situación política actual a la cual se refiere el escrito debe enmarcarse en la realidad del país: ausencia estatal en políticas de amparo a los derechos de todos, individuales y colectivos, carencia de una auténtica democratización de la vida ciudadana, amplias capas de la población en pobreza extrema, empobrecimiento galopante de sectores medios y de trabajadores, desempleo creciente, problemas de soberanía nacional, corrupción en lo público y lo privado, etc. La superación de estas situaciones ha sido patrimonio ideológico y político del liberalismo desde su surgimiento en la modernidad. En esta perspectiva se mueve la izquierda democrática del país, incluyendo la desmovilizadas Farc. La discusión aquí no es entre revolución o reforma, sino entre reformas progresistas o reformas retardatarias.

Desde esta perspectiva, ¿cuál extremo representan la izquierda democrática y la derecha radical en Colombia? La primera, una vez acordado el fin de la guerra con la estructura militar subversiva más antigua y numerosa del país, ha facilitado la concreción de una oposición democrática que actúa desde la institucionalidad y lucha por defender de manera radical los principios liberales: igualdad y libertad, extender la tradición de democracia liberal; valorar sus principios éticos como forma de ganar más igualdad social y una mayor responsabilidad democrática, tanto en el Estado como en la ciudadanía; atacar frontalmente la corrupción, pública y privada; y lograr la unidad moderna de nuestra comunidad política bajo una visión pluralista, democrática y de honda preocupación por lo público.

La segunda, es decir, la de derecha radical, teniendo en cuenta su accionar político, reivindica el individualismo liberal sin concebir el aspecto colectivo de la vida humana, no pone límites a la persecución del egoísmo privado, exalta al Estado al nivel de un Leviatán para que sacrifique gran parte de las libertades ciudadanas, toma el mercado libre como el motor del progreso, arrasa con todo lo que constitucionalmente pueda servir de contrapeso al autoritarismo estatal, favorece a los sectores privilegiados de la sociedad, desconoce los fallos judiciales cuando le son adversos y mina su accionar independiente, y considera el “credo” liberal como una idea puramente utópica, dejando a los sectores sociales vulnerables a su suerte. Recuérdese que Alexis de Tocqueville alabó siempre la democracia política en Estados Unidos, mas no a la social, a la cual temía mucho, precisamente por la participación ciudadana en la vida pública, o sea, por más democracia.

En esta física realidad colombiana, ¿dónde queda el centro? Si uno es un auténtico liberal, escoge la tradición democratizadora de la política, la economía, la vida social y la cultura en general. Si uno es muy conservador y defensor del statu quo autoritario y congelado en la historia, escoge el extremo del individualismo, el del mercado absoluto y el del autoritarismo estatal. En estas condiciones y mirando lo que más sirve a Colombia, sí, efectivamente sí, el centro queda o bien en un eclecticismo, en su mejor caso, o simplemente en una tibia moderación, por lo demás, muy cómoda, pues no está ni aquí ni allá, sino en un supuesto, imaginario y cortés centro político.

Rafael Ariza, Bogotá.

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