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En estos convulsionados días que padece nuestra administración de justicia, y que tanta desazón han causado entre los colombianos, recordé con mucha nostalgia la evocación que en su clase de derecho probatorio hacía el maestro Antonio Rocha a quienes fuimos sus alumnos.
El célebre profesor se refería con frecuencia a la que en la década de los 30 del siglo pasado fue llamada la “Corte Admirable”, que no era otra cosa que la Corte Suprema de Justicia de entonces. El calificativo, según relataba el maestro Rocha, obedecía a las calidades morales e intelectuales de sus magistrados. En efecto, por esa Corte descollaron los nombres del mismo Rocha Alvira y de otros insignes tratadistas del derecho, como Ricardo Hinestroza Daza, Hernán Salamanca, Eleuterio Serna, Eduardo Zuleta Ángel, Juan Francisco Mujica, entre otros destacados juristas. Aprendí mucho de ellos a través de sus sentencias, verdaderas e inolvidables piezas de la ciencia jurídica. Más próxima y no menos provechosa fue mi experiencia también inolvidable en las aulas del Externado con otros maestros del derecho, como lo fueron Carlos Medellín Forero, Fernando Hinestrosa, Manuel Gaona Cruz, Alfonso Reyes Echandía, incomparables togados que pertenecieron a esa extinta raza de eruditos del derecho. Da grima ver cómo hoy no se requiere de esas excelsas condiciones para vestir la toga magistral. Parafraseando al tanguista, en nuestras altas cortes parece que da lo mismo ser un burro que un gran profesor, porque allí ya no se reconocen el decoro, la honestidad y la idoneidad, sino la impostura y el amiguismo como requisitos “sine qua non” para ser magistrado. Ojalá que se cumpla la promesa del presidente Santos y pueda establecerse un método más apropiado de selección de los togados. Luis Ernesto Arciniegas Triana. Magistrado del Tribunal Administrativo de Boyacá.