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La edición de los festivos tiene de bueno que se la puede guardar porque trae artículos, crónicas y notas interesantes para leerse despacio. Eso pasó con la del 12 de octubre, que tenía material variado e interesante.
Me encantó el escrito de la decana de economía de la Universidad de los Andes, Ana María Ibáñez, quien se ha distinguido por sus investigaciones a fondo sobre el desplazamiento en Colombia. Lo fundamental de su artículo comienza en el título y, aunque ella nos cuenta la desgarradora realidad colombiana derivada de las diferentes formas de violencia, emana esperanza y optimismo y deja una clara lección para muchos sectores de la sociedad.Es verdad. Muchos de nosotros hemos nacido y crecido dentro de este largo período de conflicto y en nuestro imaginario existe esa cultura de noticias violentas, especialmente en la prensa hablada y escrita y posteriormente televisada. Siempre escuchamos a nuestros padres dar fe de los horrores de la violencia política de los años 50 y luego nos tocaron las violencias guerrillera, paramilitar y del narcotráfico, completamente entretejidas. Parecía que no teníamos presente ni futuro. Nuestros padres se fueron a la eternidad sin esperanza y con la preocupación de qué mundo les quedaba a sus hijos, nietos y bisnietos.Hoy, muchos de nosotros tenemos la posibilidad de ver surgir un escenario inimaginable sólo hace unos años. Y aunque estemos rodeados —porque es inevitable— de personas que destilan veneno, pesimismo y envidia, podemos tener la certeza de que en poco tiempo seremos testigos de una firma y cese del fuego, para soñar un nuevo país, ya no como una utopía, sino como una realidad en la que el compromiso de cada uno tendrá incidencia directa.El sector educativo y el de comunicaciones jugarán un papel vital en el crecimiento de la semilla de la esperanza para que ésta se traduzca en hechos contundentes, desde la célula familiar hasta las diversas instancias del Estado. Toda institución educativa tendrá la obligación de contribuir a que el ánimo se encamine a fortalecer todos los esfuerzos gubernamentales. Cierto es que la conciencia crítica debe ser permanente, pero derrumbar y pisotear el largo y tortuoso camino recorrido por las partes que se han sentado en La Habana es de una gran irresponsabilidad. A mi parecer, la vida lo cobra todo.Y por supuesto, los medios de comunicación tendrían que seguir la misma línea. Observamos que buena parte de los noticieros estuvieran empeñados en poner alambre de púas a un camino que, de por sí, resulta pedregoso, pero no imposible para andar. No tenemos la ingenuidad de creer que con la firma habrá un escenario lleno de rosas. Allí comenzará, ya lo han dicho los expertos de mejor forma, como Ana María Ibáñez, la construcción de la paz interna, externa y también la interior.
Ana María Córdoba Barahona. Pasto.
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