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La nueva inquisición

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Leyendo a William Ospina, en El Espectador del domingo 7 de julio, uno se queda de una pieza: “El prometedor, el celebrado, el sorprendente, el decepcionante, el muy pronto detestado Barack Obama prosigue su metamorfosis, tratando de convertirse no en el que eligieron sus votantes, sino en el que toleraron el Pentágono y las corporaciones”.

Recuerdo la efusividad desplegada por algunos intelectuales el día de su victoria, apacentando una esperanza inútil. El demócrata, el progresista de ayer, comandante ahora de una nueva inquisición. Pero lo más incomprensible es que la conciencia intelectual de la nación, uno de sus más prestigiosos intelectuales, se haya dejado deslumbrar en un momento por las luces fugaces de Nueva York. Ahora el astro negro empieza a despachar desde los infiernos, renovando la Gestapo nazi como en los más crudos tiempos de la Inquisición.

El espionaje por medio de internet ha sido descubierto y sus consecuencias ya han cobrado una víctima: el presidente Evo Morales. La dignidad y la soberanía de una nación. Menos mal que ahora corren otros vientos en América Latina.

José Tiberio Gutiérrez. Bogotá.

No sólo son los paseos millonarios

Si no es porque asesinan al agente de la DEA James “Terry” Watson en la exclusiva Zona Rosa de Bogotá, al ser víctima del paseo millonario, el presidente Santos y el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, no se hubiesen pronunciando jamás sobre un revolcón para formalizar este gremio. ¿Por qué Uldarico Peña y demás empleadores han tenido a sus empleados por décadas careciendo de las mínimas condiciones de ley? Ellos son empresarios y por ende tienen la obligación de ofrecerles sueldo fijo, seguridad social, bonificaciones, pensión, ARS, y la dichosa prima navideña que siempre hemos pagado los colombianos. Las zonas amarillas de parqueo que proponen no ofrecen seguridad absoluta. ¿Entonces? Llamar siempre el taxi por teléfono. Tampoco: jamás llegan porque los mismos choferes aducen que pierden tiempo buscando la dirección y, además, los ilegales copian la frecuencia quedando el usuario a merced del bandido. Y ni que decir del “muñeco”, aparato para alterar el taxímetro, así nos muestren la planilla que muchas veces es falsa. Mucha alharaca como siempre, pero la realidad es muy distinta. Los taxistas deberían manifestarse ante sus empleadores, no ante el Gobierno.

Helena Manrique. Bogotá.

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