La pulsión del poder

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Sigmund Freud, a propósito del poder, señalaba que no existía afrodisíaco más fuerte que esa pulsión, la del poder.

Como toda toma libidinal del espíritu, enceguece y aturde.

Primero aturde: los elogios van y vienen, sobre todo los procedentes de quienes cuentan con caudales electorales debidamente aceitados y con garantía de éxito. Luego enceguece: es la respuesta a un Darío Echandía renunciando al poder bajo la pregunta: “¿El poder, para qué?”.

No faltarán los interesados en conseguir protección de sus privilegios económicos, también dispuestos para la adulación y el regalo que enturbien aún más la vista del candidato. Y abajo, bien abajo, los condenados a vivir cien años de soledad contentándose apenas con expresar la palabra “¡mierda!”, como el coronel que murió esperando, impotente, su pensión.

Aquí, entre nosotros, la fractura evidente enfrenta el narcisismo con su propio origen, la fascinación con la propia imagen entrevista como la de un otro ideal. Cuando se referencian en los mitos de grandes hombres que los preceden, nos están diciendo (así queramos desoírlos): “Ese personaje lo encarno yo, hoy, para mayor gloria de mi ego”.

Hasta un alcalde de ciudad de hierro consigue afectos así, no sobra concedérselos, bien podemos esperar boletos para que la adrenalina nos recuerde que gozamos con asomarnos siempre al vacío. ¿Qué presiden hoy, ellos, sino lo que una radiografía revelaría como la gran hora de la miseria espiritual de muchos que creen estar inmolándose por causas supremas?

El verdadero investigador del alma humana sabe que no existe distancia alguna entre el perpetrador de estafas y el padre de familia que contribuye a falsificar la cédula para que su crío pueda acceder a discotecas y a pases para conducir. Solo que la invisibilidad lo protege pues no hay tablados para enfocarlo como lo que es: alguien a quien no le importa el significado civilizador de la ley.

En consecuencia, el gran descubrimiento perverso: copar la ley, desde el poder, porque desde allí resulta más expedito violarla.

Eduardo Botero Toro

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