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La historia es sencilla y, al igual que la geografía, no se pone límites.
El Ática era casi estéril y apenas soportaba cereales, olivos y viñedos. Atenas padecía una larga hambruna y los ciudadanos de la polis se morían, más que por las guerras con Esparta por falta de comida. Los griegos, amparados por Zeus, Atenea y Afrodita —obstinados moradores del Olimpo— invadieron las tierras del Ponto y de la Escitia. Establecieron allí granjas agrícolas inmensas. Desde cercanías y orillas del mar Negro, transportaban el alimento para aedos y filósofos; el pueblo, esclavos y soldados; también para las sacerdotisas de Atenea, los oráculos de Apolo y los políticos…
En esas colonias concibieron (o imaginaron) a los centauros. El origen de esos seres asombrosos y temidos desde Homero (con dos brazos, cuatro patas y una cola al viento), fueron los escitas —domadores de caballos— que iracundos y al galope, y atenazados solo con sus piernas, lanzaban flechas a los griegos… Los helenos únicamente vislumbraban a esos “bárbaros incrustados en corceles” como engendros que compartían un solo corazón. Apenas atinaron a llamarlos —en conjunto— centauros (matadores de toros).
Los escitas invadieron, a horcajadas sobre sus tanques primitivos, las tierras de la Mesopotamia, y guardaron un recuerdo antiguo: el del templo de la Acrópolis de Atenas. Ahora, la también desértica Mesopotamia, fungiendo como doblemente sacra, devuelve la invasión con petrodólares.
Las sociedades e industrias del sector de servicios financieros pueden crearse o reformarse en semanas o en años. Precisan de simples oficinas y escritorios (¡y quizá ni las precisan!). El cemento, la energía, la estructura vial, el urbanismo… estando latentes en el aire, suelo y agua, pueden ser “producidos por pedido”. Pero la industria de alimentos solo surge de la tierra en conjunto con las manos, unidas en caricias y labranza. Son procesos que abarcan centurias o miríadas, y ocupan espacios que no podrá suplir ninguna inteligencia artificial.
La sombra del futuro se cierne sobre una nueva Escitia, porque la Mesopotamia actual ha imitado el golpe, con su escudo ungido de petróleo, para que las flechas no le impidan el abastecimiento necesario, a expensas de nosotros: Colombia —no refugio de bárbaros, sino de ingenuos artesanos.
Los colombianos comeremos productos de Nutresa, tal vez un año más. Luego probaremos los rechazos (los recortes de Noel) ¡que amábamos los niños! —los pequeños y los de cédula y corbata—. Todo, o casi todo, será controlado para enviar hacia el Oriente Próximo. El precio aparecerá quintuplicado; la razón: es un producto de exportación, dirán los que gobiernan los mercados. Nos atormentará, parodiando a los escitas, un recuerdo antiguo de la Acrópolis del Gea. ¿Será por eso la sonrisa de Gilinski?
Georges René Weinstein
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