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Los recientes comicios electorales en nuestro país llaman la atención de los colombianos en cuanto que los resultados de las consultas partidistas de la derecha y de la izquierda y las parlamentarias nos invitan a una seria reflexión, con miras a las próximas elecciones presidenciales, convencidos de que se hace urgente y conveniente derrotar de una vez por todas la consabida polarización habida entre la derecha y la izquierda, que de suyo nos conduce a ahondar en superfluos enfrentamientos, de cara a las elecciones para elegir el próximo presidente de la República de Colombia.
Si bien es cierto que en una auténtica democracia existen ganadores y perdedores, lo que nunca se debe perder de vista es que los contendientes están obligados a respetar las posiciones ideológicas de sus contrincantes y, lo que es fundamental, admitir con gallardía el triunfo de las mayorías.
En la sociedad desde siempre han existido y existirán posturas ideológicas de todo tipo, a tal punto que tal axioma es la esencia para la política y la democracia. No está, entonces, vedado gobernar, en ningún país civilizado y democrático, a quienes expresen libremente y con argumentos sus pensamientos, sean éstos de derecha, ora de centro, ora de izquierda. Todos, a la luz de la Constitución Política, tienen el libre derecho de proponer y ejercer de manera pacífica los planteamientos sociales y políticos que hacen parte de su programa ideológico.
Así las cosas, ante la ostensible y nefasta polarización que enfrenta nuestra sociedad, es sano y válido avalar, por el momento histórico que atraviesa la nación, el surgimiento de una tercera vía, es decir, la que encabeza Sergio Fajardo, aunado a los partidos Verde y Polo Democrático.
Es una oportunidad única para que los colombianos que creen en la paz y propugnan por la verdadera reconciliación nacional sumen esfuerzos y voluntades para construir una patria donde imperen la justicia y la equidad social, sin distingos de credo, raza ni pensamiento político. Un gobierno incluyente y respetuoso de tan esenciales y caros derechos fundamentales de los conciudadanos.
El “cesó la horrible noche” cantado en nuestro himno nacional, que oscureció y avergonzó la historia de nuestra patria, manchada por la sangre de inocentes compatriotas, aupados por la guerra fratricida que lideraron otrora dirigentes conservadores y liberales de Colombia, no se puede volver a repetir jamás, como que está proscrita para las presentes y próximas generaciones, que no merecen seguir viviendo bajo el manto de una absurda violencia.
Orlando Morales.
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