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Es frustrante y reiterativo continuar escribiendo cartas para su periódico sobre temas como la crisis de la salud, la corrupción, la crisis educativa, si el alcalde es bueno o no y el proceso de paz.
La Vorágine, columna de El Espectador, habla sobre las dificultades de las mujeres para transportarse en el servicio público. Evidentemente es así. Bogotá se ha convertido en los últimos años en un ejemplo de mal servicio de transporte público, de andenes por demás inseguros y casi imposibles de transitar a pie.
Para este tipo de personas no solamente equivale a lo que describe José Eustacio Rivera en La Vorágine, sino que se asemeja también a la Odisea del poeta griego Homero. Tratar de ir a una notaría en el centro de la ciudad es el equivalente a este canto épico. Nadie se ha preocupado por tratar de aliviar la situación de un discapacitado o un enfermo minusválido que esté afectado por una enfermedad neurológica como Párkinson. Si no posee vehículo propio y con chofer particular quedará como tanto malhechor de cuello blanco, en casa por cárcel.
Muy claramente describe la autora de la columna de opinión “La Vorágine”, la situación del servicio de taxis en Bogotá. Basta experimentar la solicitud de este servicio por teléfono en un día lluvioso: horas para recibir el aviso de que no se consigue un vehículo cerca de su residencia.
Esta carta la envío con la esperanza de que otros pacientes discapacitados cuenten sus historias y se concientice a quienes corresponde dar atención a la movilidad de la gente minusválida que reside en Bogotá, la llamada anteriormente “Atenas Suramericana”, por su alta calidad cultural y de educación ciudadana, y que en el momento se podría llamar “Apenas Suramericana”.
Héctor Chamorro. Bogotá.