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¿Cuál es la diferencia entre asesinar un toro con sevicia en una corraleja, por una turba enceguecida por el alcohol, que a unos cuantos kilómetros, en una corrida autorizada, bebiendo manzanilla bajo el “ole, ole, ole”, en la plaza de toros?
El cuchillo, las piedras y los palos que usaron los desadaptados asistentes a la corraleja del 1º de enero en Turbaco (Bolívar) para asesinar a un indefenso toro equivalen a la espada y banderillas usadas en las corridas legales.
Hay que prohibir, mediante decreto, no con marchas inútiles, estos actos brutales al mejor estilo de los gladiadores del otrora circo romano. La tradición cultural cambió, no hay excusa para seguir justificando legalmente el maltrato animal, llámese corridas de toros, peleas de gallos y perros, coleo, circos, zoológicos y demás manifestaciones de dolor físico a los animales.
Otra cosa para reflexionar: la mayoría de antitaurinos son carnívoros; los he visto comiendo langosta en la playa, escogiendo el animal que freirán ante sus ojos, aún vivo y tenaceando. Lo mismo quienes consumen vaca y se rasgan las vestiduras ante las plazas de toros, manifestándose. ¿Cómo creen que llega el animal a sus platos? Lo matan vivo, lo que pasa es que “ojos que no ven, corazón que no siente”. No existe facultad para que autoridades departamentales prohíban estas prácticas atroces. Señores congresistas: llegó la hora de legislar.
Helena Manrique. Bogotá.
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