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Las otras verdades de la Comisión

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Durante muchos años la violencia la hemos identificado principalmente como producto de las acciones de las guerrillas, luego de los paramilitares y finalmente las disidencias de ambos orígenes. Pero la hemos asociado muy marginalmente a todo el entorno de la producción y el tráfico de estupefacientes, iniciando por la marihuana en la década de los 60 y terminando con la coca y algo de heroína.

Ahora, producto del Acuerdo de Paz de La Habana, se habla de las víctimas como eje central de la justicia transicional. La columna titulada “En la justicia transicional no se debe olvidar a las víctimas de la guerra contra las drogas”, de la edición del jueves 18 de marzo, nos trae a colación otro mundo verdaderamente desplazado de esa necesaria búsqueda de la verdad que necesita el país para alcanzar la paz y la reconciliación, pasar la página y dejar una mejor sociedad a las futuras generaciones.

Hemos olvidado que el mundo cocalero ha sido el combustible que mantiene a todas esas fuerzas oscuras, cuya inicial ideología pasa a segundo plano con los inmensos recursos que genera esa economía subterránea, que también hipócritamente hemos mirado de lado cuando se ha convertido en motor de desarrollo, con su impacto en todas las capas sociales y económicas, y ha dado a luz una generación más amante del dinero fácil que de los logros del trabajo a pulso.

Los columnistas, con gran solidez argumental, llaman la atención sobre todos aquellos actores afectados por una línea económica que el Estado supuestamente ataca, por ser ilegal y para cumplir las presiones de los países consumidores. Esos actores tendrían mucho que decir a la Comisión de la Verdad y romperían una telaraña de tabús, destaparían sectores que se lucran de esa lucha perdida y esa nefasta política con que convenientemente muchos dirigentes han rodeado este asunto.

Allí también hay toda una cantera de víctimas de diversa índole que merecen ser oídas y reparadas, y así tal vez, sin la firma de otro proceso de paz, podamos empezar a recorrer el camino de tener el arrojo para dejar de lado la conveniente presión mediática, la pérdida de memoria colectiva y limpiar para siempre el deshonroso estigma de ser el primer país productor de cocaína.

Édgar Fernando Serrano P.

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